El lunes sin Blanca

 

tom-pumford-254867 (1)

Pronto estaré sin blanca: esta ha sido la gran noticia del día de hoy. Vaya lunes. Volver a vivir sin un puto duro va a ser de lo más emocionante. Dos de mis clientes más antiguos me dejan: él se muda. Ella tiene un problema de salud que no supo explicarme. A ver, que lo de ella me apena, no todo es la pasta: es una mujer noble y asustadiza por la que siempre experimenté compasión. Pero me quedo sin blanca, como digo. Porque en total hablo de cuatro entrenamientos semanales: 800 euros al mes que me daban una interesante base para vivir sin matarme y poder dedicar el fin de semana a mi otra pasión, el rugby. Un punto final penoso para un fin de semana lamentable. Porque ayer por la mañana Blanca, mi Blanca, mi futura Blanca, decidió abandonarme antes de estar a mi lado. Fue desolador verme solo en casa rodeado de botellas de vino y de restos de alimentos cocinados al vapor. Creía que estaba bien pero en realidad mi corazón había dejado de latir; roto llevaba varios días. Concretamente se rompió cuando la conocí. ¿O fue antes de conocerla? Siendo franco, no recuerdo haberlo sentido de una pieza nunca.

Yo que todo lo sé, ya sabía que no querría volver a estar conmigo una vez que nos acercásemos el uno al otro. Y no lo digo en este caso por mi orientación sexual habitual. De hecho mostró una apertura mental sorprendente hacia mi trayectoria afectiva. Soy un hombre que se relaciona sexualmente con hombres, es decir, soy abiertamente homosexual, y no me gusta mentir. Y digo que lo soy abiertamente no por ser amanerado, sino porque no me cierro a tener experiencias con mujeres si me atraen. Lo que ocurre es que uno al final se acostumbra a ciertos mecanismos, a ciertas reglas en el campo de la seducción que facilitan el ejercicio del acercamiento, y acaba desconectándose de otras formas afectivas que resultan algo más complejas. Y así, sin saber exactamente por qué, va tejiendo su vida como buenamente puede. Al menos así lo hace ese uno del que hablo, que soy yo mismo, que vivo desconectado de todo y estoy falto de algo que los otros y las otras no parecen extrañar.

En mi primera cita con Blanca intenté no mencionar el sexo de mis antiguos romances. Me manejé como buenamente pude para hacerle ver con delicadeza que me habían gustado a lo largo de mi vida tanto unos como otras porque aunque no suela contar mi vida cierta, mentir, ya no miento por norma general. No obstante, y ante la posibilidad de que ella no tuviese clara mi intención, me declaré al final de la noche. En aquel momento deseaba abrir mi corazón más que nada en el mundo, porque nunca deseé tanto exponerme ante alguien. Bueno… Quizá lo que ocurra es que hoy no recuerdo a ningún alguien en mi vida que no sea ella. Y quizá pronto olvide cuánto deseé exponerme ante Blanca.

Me enamoré de Blanca la primera vez que la vi. Bueno, no: la segunda. Nos vimos en Atocha porque yo viajaba a Málaga para visitar a mi familia. Ella conducía el coche compartido en el que reservé plaza la noche anterior. No me fijé mucho en su foto antes de conocerla, y cuando llegué, tras una noche de excesos, no le vi bien la cara. Fue en la parada que hicimos a mitad del viaje en un bar de carretera cuando reparé en ella. Comía apresuradamente un pincho de tortilla y tenía una sonrisa tan amplia como templada. Una de esas sonrisas que ya no se ven: se dejaron de llevar hace mucho tiempo. Yo no entiendo la moda de sonreír de esa forma desdeñosa y burlona. Me cabrea la gente que ríe así. A mí me gustan las sonrisas blancas, como la de Blanca. Con esa dentadura perfecta de mulata inaccesible y ese cabello rizado, intensamente rizado, que llevaba anudado alrededor de un lápiz. Recuerdo que sentí una mezcla de gozo y melancolía: estaba tan acongojado que no dejé de hablar en todo el viaje. La miraba desde atrás, buscando sus ojos oscuros en el espejo retrovisor que se encontraban con los míos de una forma casual, inocente y sincera. Llegué a casa de mis padres tan alterado que no podía ni respirar. Mi hermano pequeño me miraba extrañado, como intuyendo que alguien me había robado los días que le iban a faltar a mi calendario a partir de entonces. O igual simplemente notó mi euforia desmedida. Yo hablé mucho de otras cosas en las que no estaba pensando.

Blanca es psicóloga y está preparando una oposición, así que el hecho de llevar una vida poco activa a su juicio (ella nada 3 días en semana, pero no lo consideraba suficiente dado su pasado como jugadora de baloncesto) parecía su obsesión cuando hablamos de nuestras profesiones en el viaje de regreso a Madrid. Porque obviamente, adelanté la vuelta para viajar ese lunes en su coche. La animé a reiniciar una vida sana y luego le pregunté por su trabajo. Me habló de comportamientos adquiridos, de terapias y de formas de tratar a los pacientes. De los niños. De los que sufren y de los que no lo hacen. Y de Freud. Y… ¿Lacan? No me acuerdo. Pero yo me sentí muy interesado, tanto que fui a comprarme un libro sobre psicoanálisis cuya foto le envié por SMS demostrando mi profundo interés en la materia. Todo me interesaba entonces. Y así, entre sus libros y mis ejercicios con el TRX, conseguí generar la debida confianza para tener una cita. Tras la cita, hablamos, y luego nos vimos otro día. No entraré en detalles, pero ocurrieron cosas. Otras no ocurrieron. No creo que sean ya importantes ninguna de todas ellas.

Ayer antes de irse al amanecer me dijo que podíamos ser amigos. La noche del sábado la habíamos pasado juntos. Ella no lo sabe, pero a su lado soñé con su cabello rizado en la playa. Digo su cabello porque en el sueño yo no veía su rostro, solo sus rizos flotar con el cielo de fondo. Y no veía las olas: las oía romper. Luego desperté con el olor a crema de coco que impregna mis lejanas memorias de playa y sol en el Rincón de la Victoria, mi pueblo. Irónico lugar en el que crecer para un gran perdedor nato. Pero así soy yo: un cúmulo de retorcidas contradicciones.

Es lunes. Un lunes que empecé y termino sin ella. Sin la felicidad de esperar algo de ella. Con la tranquilidad de no esperar nada de ella. Sin expectativa alguna. Tejiendo mis momentos como sé. Como buenamente puedo. Sin demasiada soltura. Sin cordura ni equilibrio. Quizá porque la extraño. O extraño mi sentir. O quizá porque no dormí. En vez de eso, bebí cerveza toda la noche y lloré con desconsuelo hasta sufrir un ataque de hipo. Sin saber por qué, sin pensar en nadie. Solo triste, una vez más. Triste por mí. Por mi inercia. Por esta jaula en la que encerré a una persona que pude haber sido. Y así, de esta tonta manera, llegué a este lunes. Al lunes más lunes que jamás existió. El lunes sin Blanca.
SinBlanca

 

¿Y…?

¿Qué hago yo ahora con cada uno de los latidos que reinventé por ti?

¿Qué hago yo ahora con el sonido que aún no te he dedicado?

¿Qué hago yo ahora con el silencio que compuse en tu honor?

¿Qué hago yo ahora con los atardeceres que alquilé para tu boca?

¿Qué hago yo ahora con las horas que hice tuyas?

¿Y qué hago yo ahora con todo este amor?

¿Qué hago yo?

¿Qué hago?

Imagen

 

Inercias

Piensas que no podemos elegir. “La vida es así, las cosas son así. Siempre cambian”, me dices. Pero no es cierto. El cambio exige una serie de factores determinantes, que en el terreno de la afectividad, están ligados a una profunda voluntad, a una valiente determinación, a una brutal consciencia; y a la conciencia de y para.

La vida, sin embargo, sí genera inercias. Despiadadamente confortables y leves. Sigilosas, paulatinas y pacientes, surgen y crecen como la mala hierba, sin que podamos evitar su nacimiento, a menos que apliquemos una fuerza motriz incesante a cada segundo destilado.  Combatirlas es ingrato: exige poner y exponer todo el corazón. Pero sólo con ese cambio de mentalidad es posible perpetuar la belleza de las cosas, haciendo visible lo invisible, real lo intangible, perpetuo lo efímero…

Imagen

La herida en el costado

Imagen

Sobre mi costilla izquierda; ahí está la herida. No sé cómo ocurrió. Posiblemente fuese resultado de las horas que pasé cuando era niña encadenando sueños de trapecista en aquel columpio al lado del mar. Según tengo entendido, su irregular y oxidada estructura dañó muchos cuerpos infantiles; el mío quedó maltrecho en el costado izquierdo.

A veces la herida se abre y empieza a vomitar sangre espesa: sucede cuando me acarician con torpeza. Me mareo, el dolor no me deja respirar y siento naúseas y ganas de golpearme hasta la extinción. Siempre creí que llegaría un amante cuya saliva la cerraría y que por fin sería libre. Con o sin él, pero gracias a su boca y a pesar de que al principio, seguramente, el roce de sus dedos la haría sangrar. La confusión permanente con la que tejí mis romances sólo empeoraba su aspecto. Cada vez que la herida se abría hasta mis entrañas, pensaba que moriría. Con el paso del tiempo me di cuenta de que era capaz de sobrevivir a mis malas elecciones, así que no esperaba morir por el dolor: sólo lo deseaba.

Ahora no quiero marcharme; cuando duele  me arropas. Y aunque no se ha cerrado mi furioso costado, siempre detienes con vehemencia y delicadeza la hemorragia repentina, como un torniquete. Así que me limito a vivir en solitario ese trance recurrente mientras busco en tu piel todas las respuestas.

Palacio de Cristal

A través de los ventanales, miro hacia arriba. Nuestro cielo resulta diminuto. Las ramas amarillas de los árboles parecen enjauladas por el techo del Palacio de Cristal. Pero no me engaño, la que está encerrada soy yo. Construí este palacio de cristal con cada una de las caricias que me dedicaste aquella noche. Nunca pensé que tu regazo me atraparía. Intenté buscar respuestas pero me faltaban las preguntas, así que decidí enviar un par de mensajes de texto a tu teléfono móvil. Me asustaba llamarte y escribirte no fue fácil.  Ahora ya no tengo miedo porque sé que no contestarás.

Y me siento tan libre…

Yo creé este bello país del que no has querido formar parte. Sé que te gustaría; sus habitantes circulan libremente y sin visado. Y hay tantas ciudades que no conocerás y que ahora morirán esperando tu respuesta. Sin embargo, te estoy intensamente agradecida.

Cuestión de geometría

Bajo las nubes, existe un mar frío en el que los perdidos nadan.  Quise eliminar la sal pero las olas no son dulces.

Ahora, buscando una única respuesta para todas la preguntas que te hice, me doy cuenta de que tuvimos un profundo déficit de vocabulario. Añoro el verbo, la palabra, el idioma y la nota musical.

Encerrada en la abstinencia involuntaria, busco oxígeno en el dióxido.

La ecuación, cómo no, es imperfecta. El cálculo, inexacto. El resultado erróneo.

Cuestión de geometría. A eso se reduce todo.

Escribidores… ¿para qué preocuparse por la gramática?

Así que quedo con él para tomar café. Es uno de esos chicos modernos de la era digital. Es guapo. Y tiene aspecto de integrado social, ya sabéis, a él en el cole no le daban collejas. La cosa es que el muchacho vive de “escribir sobre diversos temas”. Es de lo más “in” que conozco: cultural, gutural, mega tecnológico y nocturno. Eso sí: no bebe, y creo recordar mientras él me confiesa sus NO VICIOS y se reafirma en la defensa de su abstemia que hay una corriente nocturna, fiestera y radical que se jacta de salubridad. Es posible que el chico en cuestión esté relacionado con la secta. Me aluflipa.

Charlamos. Mucho. Largo y tendido. Me impresiona, me alecciona sobre la noble vocación de escribir: COMPARTIR Y CONTAR COSAS. Y él, tan seguro de sí mismo. A pesar de ser algo, sólo algo más joven que yo, no haber estudiado en la vida y tener algún problemilla a la hora de diferenciar a Oscar Wilde de Tolstoi, se burla de mis estudios que considera absurdos (sí, PERIODISMO, no es para tirar cohetes, ya me dijo mi madre que hiciera arquitectura, que mola más…) y me da algunas lecciones de cómo ser influyente en Internet. Algo que, presiento, no voy a conseguir. Y es que yo, pues influir influir… poco influyo, honestamente. Ya me lo decía mi abuela desde bien pequeña: “Marieta, no vales gran cosa.  Tú estás en el mundo por haber de todo”. Y va a ser cierto. Por eso me tiro el día de fiesta; con lo poco que tengo que aportar, mejor cagarse de risa que cagarse en los muertos. Y repito porque me da la gana.

Bueno, sigo que me disperso. Que eso, que no soy influyente. Acabo de descubrir esto de los blogs, hasta ayer un twitt era el nombre de una chocolatina con galleta y caramelo y tengo en mente el 2.0 por ser la nota que saqué en mi primer examen de derecho en la carrera, al que fui sin dormir, puesta de catovit y directa desde el garito de mi  mejor colega de entonces. Así que escucho atenta al iluminado escritor de la era digital. Cuando acaba el discurso, no tengo palabras. Me despido con un afectuoso abrazo. Y corro. Corro  furiosa a leer su blog, con ansia de conocimiento, loca por descubrir cómo escriben las personas que generan opinión, loca por aprender de los sabios. Siempre admiré  a los opinólogos. Si lo hice en mi infancia analógica, ¿por qué no hacerlo en esta era digital que todo lo democratiza?

“Es algo fantástico esto de democratizar”, pienso después de leer la primera entrada. Claro… ¿Y a quién le importa la repetición de una palabra en el mismo párrafo al menos TRES veces? (La palabra en sí era película: no hace falta ser un académico para encontrar al menos 4  formas distintas de referirse a un largometraje, una fábula en este caso con tintes cómicos que no llega a ser comedia y que ha levantado en los medios una desmedida curiosidad. Durante  meses he estado escuchando hablar del nuevo trabajo del director, que ha dedicado años al proyecto. Por cierto, tengo entendido que la producción es espectacular…).

Lo de fijarme en la repetición de palabras es deformación profesional de los plumillas, que somos de lo más tocapelotas. Fijémonos en la ortografía que seguro que está bien… Y sí, el primer post parece no tener faltas, salvo por… ¿lo escribo? Hace falta valor. Pelicula: 3 veces y así, pelicula , vamos, en rima con pedicura, que por cierto me la acabo de hacer para meterme en unas sandalias de taconazo este fin de semana.

¿De qué os hablaba? Ah sí. Los acentos.  Claro, este chico no considera la acentuación ortográfica parte de la ortografía. El verbo haber, con h y b, fenomenal. Y las palabras agudas están perfectamente acentuadas… Curioso, porque se olvida de las esdrújulas. Muchacho, no hay fallo. ¡Esas siempre van con acento! Y para,  no le pidas que diferencie “cómo” de “como”, vamos, no seas “snob”. Avanzo y descubro nuevas carencias… me pica la espalda. ¿Es que no pueden pagar un editor? (Lo digo porque el chico cobra por postear, esta es una seria plataforma de blogs y él un influencer).

Bueno, a ver, STOP! Los acentos tampoco son tan tan tan importantes. Bien, aceptamos barco como animal acuático: deformación profesional mía. Además, por lo demás, parece conocer la gramática española ¿no? Sí, yo lo veo bien… ay, no… Oh…no. Ya estamos con del ing al gerundio. A ver, que es distinto el uso en español que en inglés. Y me pica la espalda. Ay. lo dejo. Lo dejo. Mira, tampoco es tan importante esto del gerundio. Nadie lo sabe utilizar, porque lo traducen del inglés y entonces se usa de mala manera. A todo el mundo le pasa, yo de hecho tengo tantas dudas que jamás lo uso, ni para describir una acción en el momento, que es el uso má fácil.

No me extraña que el chico encontrase absurdo estudiar linguística, literatura y teatro, y además lincenciarse en periodismo. Gran pérdida de energía la mía.  Desde un punto de vista  tecno-moderno, compongo una frase que espero sea célebre y la recoja proverbia net: ” En teniendo interness y tuiter, además de fesibuk…. ¿para qué preocuparse por la gramática?