¿Y…?

¿Qué hago yo ahora con cada uno de los latidos que reinventé por ti?

¿Qué hago yo ahora con el sonido que aún no te he dedicado?

¿Qué hago yo ahora con el silencio que compuse en tu honor?

¿Qué hago yo ahora con los atardeceres que alquilé para tu boca?

¿Qué hago yo ahora con las horas que hice tuyas?

¿Y qué hago yo ahora con todo este amor?

¿Qué hago yo?

¿Qué hago?

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Inercias

Piensas que no podemos elegir. “La vida es así, las cosas son así. Siempre cambian”, me dices. Pero no es cierto. El cambio exige una serie de factores determinantes, que en el terreno de la afectividad, están ligados a una profunda voluntad, a una valiente determinación, a una brutal consciencia; y a la conciencia de y para.

La vida, sin embargo, sí genera inercias. Despiadadamente confortables y leves. Sigilosas, paulatinas y pacientes, surgen y crecen como la mala hierba, sin que podamos evitar su nacimiento, a menos que apliquemos una fuerza motriz incesante a cada segundo destilado.  Combatirlas es ingrato: exige poner y exponer todo el corazón. Pero sólo con ese cambio de mentalidad es posible perpetuar la belleza de las cosas, haciendo visible lo invisible, real lo intangible, perpetuo lo efímero…

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La herida en el costado

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Sobre mi costilla izquierda; ahí está la herida. No sé cómo ocurrió. Posiblemente fuese resultado de las horas que pasé cuando era niña encadenando sueños de trapecista en aquel columpio al lado del mar. Según tengo entendido, su irregular y oxidada estructura dañó muchos cuerpos infantiles; el mío quedó maltrecho en el costado izquierdo.

A veces la herida se abre y empieza a vomitar sangre espesa: sucede cuando me acarician con torpeza. Me mareo, el dolor no me deja respirar y siento naúseas y ganas de golpearme hasta la extinción. Siempre creí que llegaría un amante cuya saliva la cerraría y que por fin sería libre. Con o sin él, pero gracias a su boca y a pesar de que al principio, seguramente, el roce de sus dedos la haría sangrar. La confusión permanente con la que tejí mis romances sólo empeoraba su aspecto. Cada vez que la herida se abría hasta mis entrañas, pensaba que moriría. Con el paso del tiempo me di cuenta de que era capaz de sobrevivir a mis malas elecciones, así que no esperaba morir por el dolor: sólo lo deseaba.

Ahora no quiero marcharme; cuando duele  me arropas. Y aunque no se ha cerrado mi furioso costado, siempre detienes con vehemencia y delicadeza la hemorragia repentina, como un torniquete. Así que me limito a vivir en solitario ese trance recurrente mientras busco en tu piel todas las respuestas.

Abril

Es extraño conciliar el sueño en las noches perfumadas. Uno no entiende en estos eternos atardeceres las insondables resacas que el exceso de piel puede dejar en los otros. En mi caso, sólo tengo sed y nostalgia de agua.

No podrán tocarte

Tengo una amiga que sufrió malos tratos de niña. Recuerda el terror con el que vivía en su hogar y dice haber borrado algunos de los pasajes de su infancia ante el estado de horror y pánico permanente en el que transcurría su vida. Sin embargo, hay un momento duro que permanece vivo en su memoria: el de la última agresión que sufrió. Aquel día había plantado cara a su padre, lo que le llevó a golpearla contra un espejo. Cuando estaba en el suelo sangrando, comenzó a reir al darse cuenta de que no tenía miedo: “En aquel momento ya no le temía; había decidido que no volvería a tocarme. Él no me importaba, aunque mis sentimientos estaban intactos. Porque sabía que no me golpeaba a mí. Por fin era libre”.

Ayer ese aspecto emocional que mi amiga señalaba al relatar su dura experiencia me vino a la cabeza ante un ajuste mágico y repentino que sentí en mi interior. Lo que me hería, de repente, no me importó y perdí el miedo. Después de un nuevo empujón, experimenté una caída libre hacia el vacío de la indeferencia. Ahora, todo ese dolor me parece estúpido y sobre todo, ajeno.  No siento temor ni odio. No orbito en el mismo sistema galáctico de otros cuerpos celestes y floto con serena inquietud.

Creo que en la vida, en determinadas situaciones, más o menos graves,  y con ciertas personas, llega un momento en el que, traspasado un umbral de dolor, lo que te hería no te afecta. Quizá porque asumes los ataques de los otros como parte de su necesidad de significarse. Entonces, no sientes sus golpes. Entiendes que no son contra ti. Nunca lo fueron.

Ya no rozarán tus emociones. No podrán tocarte.

Semiran

¿Puedes ser amado por mí?

Era la frase de una película de adolescentes: una de esas producciones norteamericanas para televisión de los 80 que emitía la primera cadena en la sobremesa de los sábados. No recuerdo el título, ni la trama, sólo recuerdo la escena de un ejercicio en clase de teatro que la protagonista, aspirante a actriz, tenía que poner en práctica con un compañero. Ella preguntaba una y otra vez “¿Puedes ser amado por mí?” hasta que rompía a llorar desconsoladamente.

Me impresionó tanto que cuando la recuerdo siguen escociéndome las muñecas. La gente no pregunta cosas así. La gente pregunta cosas absurdas como “¿Te gusto?” “¿Y me quieres?” “¿Y me querrás siempre?”  preocupándose por una serie de estúpidas cuestiones que no importan lo más mínimo. Sin embargo, nadie te hace esa pregunta; la única que sí tiene sentido. Se trata del factor que marca la diferencia porque, definitivamente, si pocos son los que aman, menos los que están preparados para ser amados. De hecho, sólo unos pocos elegidos toleran ese sentimiento. Lo único que importa cuando encuentras a alguien que despierta tu voluntad de entrega absoluta es averiguar si podrá soportarlo, porque lo lógico es que no posea la fuerza para ello. Por lo tanto no diré que esa búsqueda es placentera: es pura, intensa, dolorosa y cruel. La experiencia resulta de una dureza tan potente que sólo su recuerdo se hace insoportable. Quizá esta sea la razón de que a menudo seamos tan mezquinos que no nos importe que la persona a la que decimos amar sea o no capaz de aceptarlo. Preferimos reservarnos y administrar el afecto meditando cada gesto, cada palabra y cada caricia. Luego pasamos la factura, parte de una serie de recibos asociados o bien a una cuenta afectiva que nos de seguridad, o bien a productos de riesgo que nos den una sensación de ardor, como si el amor fuera cosa de llamas y artificio. Aceptamos la soledad y alimentamos la pasión con el ansia de dominio sobre el otro, para así seguir adelante y elaborar historias que formen parte de nuestras credenciales románticas. Y de esta forma, poco a poco, dejamos transcurrir la vida.

Y es comprensible. Resulta una existencia menos temeraria que la de afrontar la posibilidad de que nadie sea capaz de ser amado por ti… Y seguir respirando.

Lagunas: la elocuencia del vacío

Las hay de muchas clases. Lagunas. De agua cristalina o cargadas de escombros en lo más profundo de sí mismas.
Existen lagunas artificiales. Y otras habitadas por monstruos… ¿o eso sólo le pasa a los lagos?

Algunas fueron olvidadas y desaparecieron sin dejar rastro. Eso piensan; tú no decepciones.  Algunas han sido abandonadas y acabaron secándose. Eso dicen; tú no defraudes.

Y muchas, las preferidas de los demás, están rodeadas por muros de cemento vestido con flores de papel, muros fáciles de saltar.
Reciben visitas.
Visitas de turistas accidentales que buscan un bosque en el que hacer picnic sin lobos. ¿Os gustan los coyotes?
Visitas de ciudadanos de urbes, oprimidos por el calor, que buscan una gota de agua terrestre en la que ahogarse y poner fin a su vida.
Visitas de  padres y madres de familia, protagonistas de la excursión dominical que clausura la semana rindiendo homenaje al más puro tópico.
Visitas de amantes aventureros que cumplen con el protocolo del romance y trazan en su guía de viaje el recorrido de un destino tan incierto como previsible.
Visitas de los que no existen. Mis  favoritos. Saben acampar en las que fueron olvidadas.  Gracias a ellos, que duermen bajo los árboles, mis lagunas son patrimonio de la humanidad, territorio protegido. No dejaré que las borre el olvido de los visitantes que escalan por esos muros de cemento vestidos con flores de papel.

Dime, ¿quién cuida de las tuyas? Porque te percibo de agua y fuego, a pesar de tu silencio. Déjame decirte.

Las lagunas conforman nuestras maltrechas geografías, para bien o para mal. Nos recuerdan lo que fuimos y no somos, lo que fuimos y no queremos ser pero aún significamos, a nuestro hondo y olvidado pesar. Nos recuerdan lo que nunca seremos aunque lloremos lágrimas redondas cada noche, cada amanecer. Aunque no lloremos nunca. Lo que no sentiremos, aunque pretendamos sufrir y nos obstinemos en padecer con el sentimentalismo que no nos pertenece. ¿Por qué somos tan frágiles, compañero?
La ausencia nos define tanto como la posesión. Las lágrimas no vertidas dicen tanto de nosotros como las que  derramamos de forma obscena. Estamos lejos pero siempre hemos estado cerca. Porque procedemos del mismo planeta infantil. ¿Lo recuerdas? Trucha y sopa. Los martes.

A veces elijo la honestidad de la palabra precisa.
Esta noche me quedo con la elocuencia del vacío.