El largo camino del bailarín

La danza es una forma de arte extremadamente compleja. El desafío a la gravedad, la interacción con los otros desde el cuerpo, la creación de formas al compás de un mapa de sonidos, el juego ruidoso de la carne, la expresión silenciosa del espíritu, encuentro y soledad… están presentes en el universo del bailarín. Cada estilo está plagado a su vez de infinitos y diversos matices que, según el caso, laten con más o menos fuerza.

Como la mayoría de las niñas, yo quise ser bailarina. Recuerdo que mi profesora de ballet me decía: “Debes encontrar la forma de que delicadeza y fuerza se asocien de manera natural en cada uno de tus movimientos. La bailarina es frágil y brutal, elegante y corporal, vulnerable e invencible”. No me convertí jamás en una “profesional” del ballet, pero sí que han influido decisivamente en mi vida los años en los que entregué mis tardes a su estudio. Disciplina, sacrificio, entrega, perseverancia y tolerancia al dolor son valores que la danza exige: es necesario llegar a un profundo compromiso. Para aproximarse a la realidad desde la fusión de cuerpo y emoción, para expresarse a través de ella, hay que tomar ciertas decisiones y aceptar las consecuencias que éstas pueden llegar a tener. El camino es incierto, arduo, doloroso y largo. No hay destino y el sufrimiento convive con la dicha. Tras el giro afortunado, tras cada movimiento perfecto, existen un sinfín de horas difíciles, lágrimas y heridas. No es posible mantenerse intacto. Y es que no todas las formas de belleza son espontáneas, las más intensas exigen constancia y valor: a veces dolerá mucho. Forma parte del proceso de aprendizaje. Forma parte de la vida.

 

Abandono

Abanderada del vacío.
Descuidada estructuralmente.
Anárquica en sus biorritmos.
Confundida y confusa.
Mal etiquetada.
Sin seguidores, ni lectores.
Sin compromisos, ni logros.
Ignorante e ignorada.
Extraña y difusa.
Herida o dormida.
Muda o histérica.
Desconocida y solitaria.
Así es la existencia de este blog.

Muro, acción y grieta: destrozando mis nudillos

Tres palabras. Muro, acción y grieta. Teníamos las tres palabras para construir una imagen. Era de noche y un par de adolescentes ingleses nos increpaban. Andrea fotografió al rubio para regalarle un minuto de gloria, un retrato improvisado y lleno de errores que nunca saldría de su tarjeta SD. Mientras discutía con él sobre el sexo de los murciélagos, yo intentaba hacer el ejercicio con la ayuda de Mar, la otra compañera de clase con la que me había tocado formar un grupo de trabajo. La imagen resultante no me pareció atractiva. En realidad nunca quise hacer esa foto pero ellas eran dos y yo una; tan sólo intentaba formar parte del núcleo duro de nuestro equipo.

Verónica surgió de entre los árboles…. No, no eran árboles, sino farolas. “Creo que te estás liando un poco. ¿Recuerdas que era lo primero que tenías que hacer para fotografíar de noche?”. No contesté, me limité a mirarla fijamente. No recordaba nada, no podía pensar. Seguí las instrucciones que amablemente me dio y apreté el botón. Un pequeño gesto de rendición con el que redimirme de mis pecados. Eso fue todo.

Así inicié el cambio de sentido, modificando mi actitud a través de un gesto, la primera concesión de una larga lista. Se acercaba una época de cambios en la que ahora estoy inmersa.

Siempre utilicé las palabras como un acto de rebelión. Ahora sin embargo intentaré revelar lo que encierran las imágenes. Y será un acto de entrega. Es hora de hacer las paces con el mundo y dinamitar la soledad.  Aunque sea golpeando esos muros llenos de grietas que yo misma edifiqué, aunque sea destrozando mis nudillos…

Mierda de tiempo

Rodeados de gente. Tú en el norte y yo en el sur. En escena la música y a nuestro alrededor un montón de extraños saltando y gritando. Resultan hostiles. Estamos aislados. Completamente solos, sostenemos al reloj. Te preguntas qué haces ahí, cómo has llegado. Yo también. Estarías mejor en cualquier otro lugar, en algún sitio que no estuviera en ninguna parte. Un país al margen. Un país sin habitantes. Cualquier sitio inexistente te valdría. A mí me pasa lo mismo.

Decides. Decido.

Escalas las horas hacia arriba, te alejas de tí y de todo y entras a un extásis ficticio. Hoy no quieres dormir. Mañana ya pensarás. Lo he hecho mil veces. Desciendo a lo más profundo de mi garganta, me encierro en mi dolor y creo una tragedia pasajera. Sólo quiero dormir. Mañana ya pensaré. Lo has hecho mil veces.

La noche se cerró, ellos se fueron y los dos volvimos. Hoy te toca el vacío ensordecedor y exageradamente doloroso, eres tu prisión.  A mí me toca esa soledad reconfortante y deseada, soy mi refugio. A través del código html compartimos nuestra soledad: vengo de abajo y solo puedo crecer mientras tú decaes, pero estamos cerca. Compartimos el estío y el hastío.

“Qué jodienda”, me dices. “Todo pasa”, contesto. Sí. Esto también lo hará…

Del amarillo al rosa

La nada resulta estimulante. La primera toma de contacto con el vacío exhaustivo es amarga como la cáscara de un limón, luego pierde el sabor y al final deja un regusto a chicle de fresa ácida.

Necesito experimentar la pérdida absoluta cada cierto tiempo. Despertar un día sin objetivos, sin referentes. El desapego total, la ruinosa sensación de haber dejado existir fuera del planeta imaginario que dibujo cada noche. La relajada sensación de no ser.
Sin pasado ni futuro…
Extinguirse es renacer.
No puedo ir del rosa al amarillo; nací tan vieja…
¿Podré entonces cambiar de sentido?
Seré como esa niña-anciana que acabó convirtiéndose en una anciana-niña.

Sí. Yo seré.

El modo neutro

Las mujeres seguimos siendo educadas en esa ritualización de la que Hoffman hablaba hace ya décadas. Recuerdo que me impresionaron sus teorías cuando lo leí en la universidad. Hace días me venía a la cabeza uno de los casos a los que más me he referido en mi vida: el de esas chicas decentes que se irritaban porque una respetable liberación tuya atraía a los muchachos aquellos días de verano.  Me imagino que el ser humano siempre atribuye una recompensa a su sacrificio, por lo que algunas mujeres decentes consideran el respeto patrimonio íntimo y personal de ellas, que se niegan a disfrutar de ciertos placeres por desinterés o imposibilidad. Ese respeto es un valor para ser elegida por un hombre entre las demás. Es un don que puede servir de explicación para ser amada. Y las mujeres necesitan explicaciones para entender por qué  otra es amada por un hombre determinado. La belleza es la única que se considera lógica, aunque irritante e inmerecida. (Sin duda las guapas no necesitan dar explicaciones de nada a casi nadie. Y cuando alguien parece necesitarlas, se desconciertan bastante). Por todo eso, siempre que encuentro hostilidad en otras mujeres intento ser condescendiente y pensar en ese sacrificio que han hecho para obtener un estado, un estado que representa un objetivo cumplido. Otro galón que lucir. No es culpa de ellas sentir ese dolor que en las féminas, tan emocionales, provoca el vacío y la insatisfacción.


Cada vez hay más mujeres liberadas que exigen una relación de igual a igual porque afirman no necesitar un varón al lado. Si ya son minoría las que lo afirman, son menos las que creen ser honestas y de esas que lo creen,  sólo algunas excepciones lo son. Así que, una vez más, cuando encuentro hostilidad en otras mujeres hacia aquellas personas que han adquirido un rol al que ellas dicen haber renunciado, intento ser condescendiente. No es culpa de ellas no saber gestionar ese dolor. No es nada fácil. Y sobre todo para aquellas que creen de verdad en este discurso. Una vez que se ha tomado partido por la renuncia al ritual de cumplir los objetivos fijados no hay marcha atrás. Pero sí hay dudas constantes o al menos momentos de incertidumbre.


La decisión de transgredir un rol se toma de manera accidental en los primeros años de vida. Hay niñas que ya apuntan maneras de amazona; a veces de forma muy sutil, otras de forma evidente. Pero ese impulso infantil si no se transforma en una  toma de conciencia se quedará en una pose o actitud meramente social. La reinvención hacia el modo neutro exige convencimiento, trabajo y habilidad. Y no es un camino de rosas; las dudas te acechan todo el rato. Antes o después, una se para a pensar en cuántos sacrificios hizo para reeducarse. Y sin embargo el cambio no es comprendido por las demás mujeres ni bien recibido por los hombres: seguramente porque nuestro formateo es una chapuza y el resultado un entramado afectivo algo desequilibrado que nos mantiene igualmente desconectadas y que además incomoda. Un día descubres que una mujer con otra mentalidad irrumpe en la vida de ese amigo que parecía haber estado en tu partido vital y consigue colmarle de felicidad. Y ves cómo otros amigos que parecían creer en el modo neutro comprenden perfectamente la que a ti te parece una mala elección. Incluso la envidian. Mientras tanto las chicas del círculo critican a la recién llegada y sus críticas te llevan a preguntarte si cuando tú hablas das esa nefasta impresión de estar envenenada. Siempre hay alguna que hace el comentario complaciente oportuno y dice lo correcto. Quizá lo piense de verdad, quizá no lo haga por complacer sino por generosidad. Aún sigues creyendo.

Quizá no deberías hacerlo, pero no puedes evitar preguntarte para qué hiciste ese gran esfuerzo que te mantiene aislada de hombres y mujeres. Tu sacrificio por ser compañera no sirve porque estás completamente sola. Cumplir años y seguir sola es fracasar para la mayoría; los sabes pero aún estás en la veintena, tienes tiempo y fe en los demás, así que te sigue resultando triste que cada persona que conoces piense así. Poco a poco observas que los varones no tienen interés en cambiar esas reglas del juego: sólo quieren ser felices. Y tú no encajas en el esquema. Las mujeres no son tus aliadas como pensaste en un principio. No están convencidas de ese cambio y se declaran abierta o veladamente (con sus afirmaciones tan hirientes y desconcertantes) misóginas. Inspiras simpatía en ellas siempre que no llames la atención con tu discurso a algún varón que les interese, siempre que resultes indiferente  (a muchas mujeres les encantan las mujeres que provocan indiferencia). Como a los caballeros les sueles caer mal, las mujeres se acercan a ti aunque no te conocen: se limitan a contarte su vida y a ignorarte. Intentan escuchar pero en lo más profundo de su ser la mayoría piensan que dices estupideces y que necesitas terapia. Un día con un vino alguna comenta abiertamente el sinsentido de tu reflexión del otro día, sin explicación ni lógica alguna, sin un punto de vista propio fruto de la obligatoria conversación con uno mismo. A través de esa afirmación te recuerda qué sola estás, por si se te había olvidado en algún momento. Pero tú no ves malicia en ese gesto. Al contrario. Ellas quieren ser felices y piensan que tú lo tienes fatal, así que te cogen cariño, aunque a veces se enfaden porque no se crean tu persona. Tú las comprendes, ellas a ti no, y eso marca una diferencia. Que tú estás más sola.
Pasan los años y avanzas. Ya no eres tan joven. Y tú, que antes te enfadabas, ya no sientes nada. Has aprendido cosas pero también algunas cosas han muerto en tu interior. Has aprendido que no es algo malo buscar la felicidad porque tú también la buscas pero tu ilusión por los encuentros auténticos en todo tipo de relaciones personales se ha esfumado. Ya no queda nada de aquello, ya no esperas nada de las personas que se cruzan en tu camino. Asumir la pérdida y liberarse de uno mismo es difícil; exige una alta dosis de generosidad contigo y con los otros y supone una gran pérdida, pero debes hacerlo. Tienes que hacerlo porque de lo contrario cada día estarás más cerca de las chicas decentes que se irritaban porque esa respetable liberación tuya atraía a los muchachos aquellos días de verano. A tu alrededor, con variaciones y modalidades, existe un sistema de subyugación emocional que procura el afecto del contrario. Tú no criticas a las mujeres dóciles, ni a las fuertes, porque ya no te parecen tan distintas unas de otras. Quizá tú tampoco lo eres. Ellas sólo quieren ser felices y buscan la manera de lograrlo con mayor o menor acierto, impulsadas por una energía positiva o negativa, dependiendo del caso. Las de tu género no forman equipo contigo porque dejaste el campo de juego. Los hombres no son contrarios pero tampoco aliados. Te quedas al margen mientras observas cómo tu carne comienza a degenerarse. Nunca pensaste que pudiera ocurrirte. No has envejecido pero te das cuenta de que ocurrirá antes o después. Eso también cambia muchas cosas, así que antes de que ocurra debes tomar decisiones.

Últimamente ya no criticas. No te quedan fuerzas para nadie fuera del mundo que has creado, abierto a esos encuentros  que un día buscaste y que ahora ya no esperas. Un mundo en modo neutro que deseas llenar pero que sigue vacío. Quizá alguien te sorprenda, en ese sentido albergas una tenue luz de esperanza. Sigues viva, en el fondo.
Tu mundo es abierto pero todos creen que lo has cerrado porque no logran acceder a él. Y por más que les indicas cómo entrar paracen apartarse. Sabes que no es culpa suya: ven un muro donde tú ves una puerta. ¿Lo has hecho mal? ¿Lo hiciste bien?  Tu vida está compuesta por una sucesión de fragmentos que brillan en el suelo, como cristales  de un espejo roto. En algún momento del camino hiciste algo que lo cambió todo.
Sólo en lo más profundo de tu ser puedes descubrir si valió la pena, si dejaste de ser tú misma por un principio absurdo o sí realmente te estás convirtiendo por fin en ti misma. Te paras a pensar si estás en la correcta dirección para entrar en el modo neutro, si tu universo tiene la energía adecuada. Y sobre todo te preguntas si esa búsqueda vale la pena, si tiene sentido llegar hasta el fondo. Si tiene sentido vivir así.


¿Mi humilde opinión? ¿Tú qué crees?

A de amor: objeto volante no identificado

A veces el tiempo pasa y arrastra las piedras del suelo: la arena, la suciedad y también esas pepitas de oro que no supimos identificar. Recuerdo que una vez alguien importante en mi vida, de quién me había separado hacía años, me escribió una carta. Me hablaba de las estrellas. Ya sabéis: muchas veces la luz nos llega cuando ya se han extinguido. Mirar el cielo es contemplar el pasado, un pasado universal en el que nuestra medida temporal parece insignificante.



De la misma forma, a veces contemplamos nuestro cielo afectivo y percibimos lo que entonces no pudimos ver. La experiencia resulta dolorosamente mágica. Un día ocurre algo que provoca una reacción metafísica en tu interior: una extraña sensación te invade y experimentas un atisbo de plenitud agridulce. Sientes vivamente el amor de alguien que ya no está en tu vida, te llega aunque ya no existe de esa forma en esa persona que tanto te quiso y cuyo afecto te colma de energía y felicidad. Es como contemplar una estrella que no existe pero cuya luz permanece, sobreviviéndola en el tiempo. Eso es lo que llamo la eternidad, ésa que buscamos desesperadamente con la convicción de que resulta imposible para así no encontrarla. Y es ese valor de sueño irrealizable que le damos lo que hace que no podamos tenerla. Esa forma equivocada de sentir, limitada y claustrofóbica, hace de nuestros encuentros ataúdes. Yo detesto lo definitivo, por lo que aspiro a una eternidad que realmente no deseo. Me asustan los finales pero me asusta más el infinito.
La eternidad es posible y sólo se alcanza a través del amor. Porque el amor es infinito y nos sobrevive, viaja a través del espacio y del tiempo. Es nuestra única creación indestructible: su energía permanece incluso cuando ya no habita en nosotros, incluso cuando nos hemos extinguido. A nuestro hondo y equivocado pesar, cuando amamos abrimos una puerta que ya nunca podremos cerrar. Y además esa entrega nos hace más ricos. Es un proceso eterno y maravilloso: lástima que no sepamos cómo gestionarlo en estos tiempos de recortes afectivos. En realidad, me pregunto si hubo algún tiempo bueno para él. Escribo sobre ello, porque escribir es fácil. No tengo ni idea de cómo se puede hacer esto, a ver si alguna estrella me sirve de inspiración una de estas noches y dejo de ver platillos volantes dónde está la luz. Y viceversa.