Muro, acción y grieta: destrozando mis nudillos

Tres palabras. Muro, acción y grieta. Teníamos las tres palabras para construir una imagen. Era de noche y un par de adolescentes ingleses nos increpaban. Andrea fotografió al rubio para regalarle un minuto de gloria, un retrato improvisado y lleno de errores que nunca saldría de su tarjeta SD. Mientras discutía con él sobre el sexo de los murciélagos, yo intentaba hacer el ejercicio con la ayuda de Mar, la otra compañera de clase con la que me había tocado formar un grupo de trabajo. La imagen resultante no me pareció atractiva. En realidad nunca quise hacer esa foto pero ellas eran dos y yo una; tan sólo intentaba formar parte del núcleo duro de nuestro equipo.

Verónica surgió de entre los árboles…. No, no eran árboles, sino farolas. “Creo que te estás liando un poco. ¿Recuerdas que era lo primero que tenías que hacer para fotografíar de noche?”. No contesté, me limité a mirarla fijamente. No recordaba nada, no podía pensar. Seguí las instrucciones que amablemente me dio y apreté el botón. Un pequeño gesto de rendición con el que redimirme de mis pecados. Eso fue todo.

Así inicié el cambio de sentido, modificando mi actitud a través de un gesto, la primera concesión de una larga lista. Se acercaba una época de cambios en la que ahora estoy inmersa.

Siempre utilicé las palabras como un acto de rebelión. Ahora sin embargo intentaré revelar lo que encierran las imágenes. Y será un acto de entrega. Es hora de hacer las paces con el mundo y dinamitar la soledad.  Aunque sea golpeando esos muros llenos de grietas que yo misma edifiqué, aunque sea destrozando mis nudillos…

El universo visible

Por mucho que me esfuerce en saberlo de antemano  desplegando los mapas afectivos con todos los males  y bienes posibles, me sigue sorprendiendo. La naturaleza humana me parece extraña; nunca dejará de ser una extranjera en mi mapa del universo.

Y yo despliego ese mapa. Es lo único que hago lentamente. Y dibujo a mano y con paciencia todas las variables; una especia de orgía matemática que incluye infinitas combinaciones numéricas, ecuaciones inesperadas, cálculos impensados, operaciones galácticas, circuitos estelares… Todo está en mi mapa. Sigo apostando por la suma más simple, una operación básica y limpia de pequeñas dimensiones e improbable existencia. ¿Y por qué lo hago? Si me equivoco que sea por confiar, que el recelo me hiciera caer sería vergonzoso.

En mi mapa están trazados todos los posibles recorridos, aunque no los piense. ¿Por qué no? Porque voy a confiar; “Creo en ti”, me digo. Y mientras dedico una mirada de soslayo a mi mapa universal.  Porque a veces las cosas ocurren “aunque esta vez no pasará”, me digo. Pero siguen dándose esos inexplicables sucesos que me dejan atónita. ¡Cuándo voy a aceptar la decepcionante cercanía de mis confines!
El mundo está lleno de gente que no sabe interpretar un mapa, personas que no entienden nada. En cambio yo sí entiendo mis mapas. Lo que a mí me cuesta es entender al resto de la gente…

Silencio.
No lo había pensado.
Me imagino que para ellos debo ser una de esas personas que forman parte de la gente que no entiende nada…
Soy mediocre. Acabo de descubrirlo.
Voy a llorar.
He llorado. Una lágrima, justamente.

Ya pasó.
Ahora lo sé.
Estoy más cerca de lo que pensaba.
Me reconforta.
Sí, sí;  estaré bien.
Y es que lo había olvidado: “Los mapas de ciudades en la superficie son semejantes a los mapas de ciudades estrellas en el espacio”.

“I wear my sunglasses at night” o Amanda y yo

Este fin de semana lo cerré bailando este tema, precisamente la versión de Tiga mezclada por un colega que la pincha a mi gusto. Pero mientras lo escuchaba una y otra vez pensaba en este vídeo clip. ¿Y por qué?

Bien, el vídeo se basa en una serie de primeros planos de Amanda Lepore. Y yo la adoro, por excesiva. Al ver su rostro explicando por qué se pone gafas de sol de noche recuerdo una frase de un conocido tema de Fangoria: “Y en plan travesti radical, le doy la espalda a cualquier muestra de tristeza…”

Cuando escucho este tema siento la necesidad de bailar bajo las luces de colores y olvidar el mundo. Cuando los focos de la noche me disparan desde un cielo de cemento el gris no existe, sobre todo si me pongo las gafas de sol para encerrarme y percibir sólo lo que quiero, en ese plan que comenta Alaska. Por cierto, la canción original es de un canadiense, Corey Hart,  y estaba incluida en su álbum de debut, allá por el 84. Si, buena idea rescatarla para pinchar. Eh?

Voy a dormir y en mis sueños me visualizaré bajo las estrellas, al lado del mar, bailando con Amanda. Tan contentas las dos…

Catársis dominical

Ya no los siento así. Antes los domingos solían ser ese día de polvo, ceniza y vacío después de 40 horas vomitando. Me sentía como una cáscara de limón exprimido sin nada que esperar ni nada que ofrecer.  Sobrevolar el lunes me causaba un vértigo agotador.
En los últimos años el domingo ha cambiado: me parece un día lleno de oportunidades aisladas, de encuentros extraños. Mala pata que el lunes esté al lado con su sombrero de responsabilidad y tedio  porque, de no ser así, el domingo sería mi día. Y eso a pesar de esa atmósfera lunar que parece cubrir la ciudad, como una manta invisible con sed de sangre. Sigue siendo así, sigue existiendo esa melancolía dominical, sólo que ahora encuentro un extraño gusto en ella así que me entrego al frenético placer de la clausura del fin de semana. Eso sí, todavía amanezco con este tema, una canción a la medida del domingo: intensamente bella, triste y seductora. He desperdiciado el tiempo pero quedan tantas horas por desperdiciar… y encuentro una rara felicidad en esa triste sensación, la misma felicidad que me produce la Velvet. Catársis dominical, la llaman.

Nikka superstar

Nikka era una estella. O me lo parecía. Era muy pequeña cuando aquella niña de ojos enormes actuó en el Un dos tres. La vi y pensé con mi mente infantil ” Sería genial ser como ella…  canta, bailar y que todos te aplaudiesen en un idioma extraño”.

Su recuerdo se esfumó y permaneció lejos durante más de una década, periodo de tiempo que en aquel entonces era equivalente a un milenio. Hasta que por casualidad, en uno de esos programas de viernes que presentaba Concha Velasco (¿O era José Luis Moreno?) Nikka reapareció. Estaba radiante, con un cabello rubio platino largo y ondulado (color que lucí durante años). Concha (digamos que era ella) la presentó y explicó que aún era una niña de tan sólo 17 años.  “¿Niña?”, pensé, “Pero si tiene un siglo…y no es tan famosa. Al final la niña del baile de las piruletas no será una estrella” me dije. Volví a olvidarla, perdí su pista… hasta  una década depués.

¿La razón del reencuentro?: “Get off my sunshine” . Me flipaba.  “Siempre supe que molaba” me dije. Llevé los dos mechones platinos con el cabello dorado y ondulado un par de años.  No digo más.

A mi impresión no podía seguir el olvido: volví a su música de forma intermitente. Creo que fue en 2000 cuando lanzó este tema: “Like a feather”, con ese vídeo lleno de luces de colores setenteras. ¿Qué iba hacer sino enloquecer una vez más, ahora ante aquellas gafas de espejos, aquel chaleco, aquella forma de mover el micro? Yo, que había tenido una adolescencia neohippy, volví a rendirme a sus pies. Allí estaba, dando palmas, contoneándose y luciendo aquellla melena pelirroja. Y pensé, “Ay Nikka, sería genial ser como tú, cantar y bailar y tener ese cabello pelirrojo…”  Que los demás apaludiesen o no había perdido importancia.

No canto, pero dejé de ser rubia en pro del rojizo.

En fin, que me encanta este temazo. Y para mí, eres una estrella, baby.

A tiros

Como en las películas. Un tiroteo en la zona de Sol. Uno ve Kill Bill, El Padrino o Los Ángeles de Charly y se visualiza en medio de los tiros, esquivándolos y protagonizando algún acto heroico. Pero luego todo se traduce en pánico, sudor frío y una bala que rebota en el ojo de un ciudadano ajeno al porqué de los tiros. Razones había, no importa cuáles, existían. Eso seguro porque siempre las hay. Soy española y lo sé. Soy europea y lo sé. Una persona. Nosotros, los humanos,  no inventamos el mundo, simplemente hacemos nuestras cosas y el mundo acaba siendo el resultado de cada uno de nuestros latidos.

Esto no es América, calma. Y que Dios nos pille confesados…

El sol invisible de Alejandra Pizarnik

“¿Y quién no tiene un amor?  ¿Y quién no goza entre amapolas? ” exclama…

Dolorida, aquejada de esa extraña melancolía que amenaza a los extranjeros de todo país, a las almas exiliadas, Alejandra pertenece a ese grupo de malogrados que no alcanzan el estatus de mito en el ideario masivo, aunque despierta la pasión sosegada de muchos amantes de la poesía.  “Yo no sé del sol. Yo sé de la melancolía del Ángel”  confiesa en otro poema. Un testimonio bajo cada palabra. A  Alejandra la descubrí por casualidad y pronto me atrapó. No es difícil tratándose de una poetisa que transmite en simples palabras la hondura del dolor causado por el constante aislamiento fruto de su temor a todo, a que el todo no sea…  “La jaula se ha vuelto pájaro ¿Qué haré con el miedo”.

Alejandra nació en 1936 en Buenos Aires. Era hija de emigrantes rusos. El desarraigo de no pertenecer a ningún lugar influenciaría necesariamente sus poemas. No es difícil imaginar su infancia como un campo de tristeza y soledad. Si es cierto que la infancia es el jardín en el que siempre jugamos, su vida se nos antoja comprensible, atendiendo a la forma de la que evoca su niñez. La memoria, la figura de la “niña anciana” está presente en sus versos, es el eco susurrante de una infancia marchita: “Recuerdo mi niñez, cuando yo era una anciana. Las flores morían en mis manos… “

¿Su vida? un viaje de ida, confuso y profundo. “No quiero ir más que hasta el fondo. Una cadena de depresiones concluye en su suicidio en 1972. Había claudicado, pero su extinción respiraba en sus poemas mucho tiempo atrás :” El viento y la lluvia me borraron, como a un fuego, como a un poema escrito en un muro”.