Balada triste de trompeta

Hay algo en la música melódica española de los 60 y 70 que me fascina. Quizá sea un tipo de perversión, pero la tendencia de los letristas a magnificar las heridas de amor, unida a la exageración gestual, gramatical y musical de los intérpretes al cantar dota a los temas de una dimensión trágica y teatral capaz de llevarme en un mal día a un llanto desconsolado, absurdo y placentero. Esas lágrimas a las que me refiero no proceden del vacío y la angustia, sino de un relato de intensidad desproporcionada que me atrapa como las luces de colores en el circo. El proceso no se puede abordar desde la razón, siendo necesario entregarse a una experiencia de emociones sobredimensionadas y liberadoras. El secreto para entrar en esta “frecuencia” reside en hallar el sentido de la verdad en la farsa: no tomarse nada demasiado en serio, pero no caer en la parodia. En cualquier caso, un viaje así no se puede explicar ni entender. Sólo se puede vivir. Creo que es lo que nos atrapa a muchos de los que, contra todo pronóstico, somos admiradores de artistas como Camilo Sesto, Mari Trini o Raphael.

Llegados a este punto, creo que la mejor manera de exponerlo es a través de unos de mis temas favoritos de Raphael, que muchos conoceréis, aunque sea por la película de Alex de la Iglesia.

Abajo la seneridad, desterremos la templanza, lloremos como las petardas y los travestis radicales, sin pudor y con hipo, pero con capacidad de reacción para secarnos los ojos en un momento dado, subirnos a unos tacones y salir a conquistar el mundo.

Cut the world

Llevo varios días queriendo escribir pero no he podido hacerlo. Encerrada en un estado de incomunicación transitoria, he sido incapaz de abordar ciertas emociones, siendo esas emociones precisamente las que quería analizar. Me imagino que aún es demasiado pronto para diseccionarlas con la habilidad y distancia pertinentes. Sin embargo, cuento con la música, las imágenes y las palabras de otros para expresarnos. Una vez más, hablo y rindo homenaje al poder del arte, capaz de contar todas las historias. No importa lo que el autor de la obra haya querido decir; las emociones son universales y viajan formando círculos que crean intersecciones en las que el mensaje queda abierto a la reinterpretación.

Este es el caso del vídeo que he decidido compartir (al final del post). El tema es “Cut the world”, de Antony and the Johnsons. Fruto de la colaboración de Antony Hegarty en la obra “La vida y muerte de Marina Abramovic”,  la interpretación inmediata de la pieza es para la mayor parte  del público (y para el propio Antony) la rebelión de la mujer ante la sociedad patriarcal. Sin embargo para mí, y quizá más el vídeo que la canción, aunque ambos son creaciones ambiguas, se trata de una obra de arte emocionante, violenta y cruel (alineada con el estilo hiriente de Abramovic en algunas de sus performances) que tiene un sinfín de significados.

Un inmenso Willem Dafoe abre la historia con su mirada contradictoria y plagada de matices: confusión, poder, gentileza… se dan cita en el límite que separa el iris de sus pupilas, mientras contempla la ciudad desde su despacho y juega con la alianza que luce en su dedo anular.

Su soledad es interrumpida por la inquietante Carice Van Hauten, que le deja unos documentos sobre la mesa. La cámara la sigue por el pasillo cuando abandona el despacho de su superior hasta que llega a su oficina y también se detiene frente a la venta a contemplar el exterior en silencio. Un primer plano de sus ojos, humedecidos da paso a otro de su rostro, que refleja una dolorosa pesadumbre.

Luego la narración sigue adelante, empapándose de lágrimas y sangre.

A mí parecer, la fuerza poética de la historia trasciende el mensaje inmediato, vinculado a la rebelión femenina ante una injusta hegemonía del varón en la especie humana, para desplegar un mapa de infinitas posibilidades. El crimen cometido por la protagonista del vídeo puede perfectamente simbolizar una escisión entre los principios en los que hemos sido educados y los que han de conformar nuestra ética personal como adultos libres. También representa un voluntario aniquilamiento del sistema aparentemente seguro en el que vivimos; un encierro confuso, insano, gentil y confortable que nos impide ver la luz, pero que a la vez conforma nuestra vida e incluso nuestro ser, tal y como lo conocemos. O quizá pueda ser el reflejo de la irremediable ruptura con una relación emocional tan férreamente instalada en nuestro entramado afectivo (pudiendo ser familiar, amistosa, social o amorosa) que exige el exterminio de los que, erroneamente, considerábamos nuestros deseos.

El fin de los días que conocemos es el fin de los sueños que nos inyectaron en vena al nacer. Identificar y repudiar las metas impuestas por terceros, sean cuales sean, es traumático, porque aunque ajenos y tiranos, esos referentes son los que hemos conocido y de alguna forma, los amamos. Profundamente, además. Sin embargo, sólo después de hacerlo podremos construir nuestros sueños e iniciar nuestro propio camino.

Destaco el cameo de la mismísima Marina Abramovic mirando fijamente a Candice…

Que lo disfrutéis. O lo sufráis. O (¿por qué no?) ambas cosas.

La crueldad de Tommy Gnosis

No sé qué me asusta más: la crueldad del otro o la mía.

Cuánto poder mal gestionado en el mundo desahucia al hombre de su capacidad para sentir compasión o simplemente amor.
El poder corrompe en todos los ámbitos. ¿Debemos por lo tanto perder toda esperanza de remontar el vuelo? ¿Remontar…? ¿Es que hemos volado alguna vez?

He vuelto a ver Hedwig and the angry inch. Mi tema favorito es Wicked little town y aunque me gusta mucho más la delicada y memorable primera versión de Hedwig junto a una banda de instrumentistas imposibles, he decidido compartir la de Tommy Gnosis, el discípulo que le robó el corazón (y las canciones), por las palabras que le dedica a Hedwig y que cierran esta disparatada y devastadora historia de amor.

Certero y cruel, Gnosis.

John Cameron Mitchel, eres un genio.

Mierda de tiempo

Rodeados de gente. Tú en el norte y yo en el sur. En escena la música y a nuestro alrededor un montón de extraños saltando y gritando. Resultan hostiles. Estamos aislados. Completamente solos, sostenemos al reloj. Te preguntas qué haces ahí, cómo has llegado. Yo también. Estarías mejor en cualquier otro lugar, en algún sitio que no estuviera en ninguna parte. Un país al margen. Un país sin habitantes. Cualquier sitio inexistente te valdría. A mí me pasa lo mismo.

Decides. Decido.

Escalas las horas hacia arriba, te alejas de tí y de todo y entras a un extásis ficticio. Hoy no quieres dormir. Mañana ya pensarás. Lo he hecho mil veces. Desciendo a lo más profundo de mi garganta, me encierro en mi dolor y creo una tragedia pasajera. Sólo quiero dormir. Mañana ya pensaré. Lo has hecho mil veces.

La noche se cerró, ellos se fueron y los dos volvimos. Hoy te toca el vacío ensordecedor y exageradamente doloroso, eres tu prisión.  A mí me toca esa soledad reconfortante y deseada, soy mi refugio. A través del código html compartimos nuestra soledad: vengo de abajo y solo puedo crecer mientras tú decaes, pero estamos cerca. Compartimos el estío y el hastío.

“Qué jodienda”, me dices. “Todo pasa”, contesto. Sí. Esto también lo hará…

De efectos retardados y sensibilidad distraída

Hay quienes no descubrimos los momentos hasta que pasan. Algunas personas no sabemos exprimir una época más allá de nuestra piel, de nuestra saliva, de nuestros sentidos… No sabemos hacer otra cosa que sentir lo segundos de manera irresponsable. No podemos acceder a hasta que estamos lo suficientemente lejos para contemplar el paisaje con perspectiva.  Yo me hice adolescente en septiembre de 1988. Recuerdo que mi mente de 12 años recién cumplidos dejó de ser infantil. Ocurrió de repente. En la época 88-89. Luego pasaron las estaciones y estrenamos década. Me deprimí mucho. Los 90 nunca me gustaron como número. El número 90 sonaba mal frente a 80 o 70, simplemente. Nunca superé que los 80 se terminasen, sobre todo porque era el único tiempo que había conocido. Aún así el año 1990 arrancó prometedor. Época de cambios. Último año de colegio y comienzo del instituto. Y qué años los del instituto tan divertidos. Todo eran posibilidades. Dedicaba una gran parte de mi vida a escuchar la música de los 70 que tanto me gustaba, y aunque me empezaba a enamorar del Bowie “Ziggy”, aún sentía cierto apego por ídolos de mi infancia como Prince o Michael Jackson. Pero eran los 90, aunque yo no me daba cuenta de la época que vivía.  Un año dio paso a otro y de ser novata pasé a ser de las veteranas del instituto. Toda una vida, 4 años, cuando eres adolescente. Cuando pienso en 1993 siempre me viene esta canción a la cabeza.

Es una trampa, porque la asociación no responde a mis recuerdos de la época, si no a la bada sonora que años después les atribuí. A finales de 1993, época en la que salió este tema de Pulp, yo comencé mi último año de instituto. Bandas como Blur y Oasis conquistaban el espacio sonoro de los baruchos de mala muerte que frecuentaba. Bebíamos litros de cerveza y el aroma de la marihuana o el hachis que libremente circulaba por aquellos antros era suficiente para colocarnos. Éramos chicos de barrio de la zona sur de Madrid, pero no de los poligoneros. No. Nosotros éramos más pacíficos, más artificialmente sencillos y neohippies. Bebíamos en el parque. Muchos patinaban y se movían con sus tablas de un lado para otro. Pensábamos en el verano todo el tiempo, contando los días para su llegada. Y estábamos locos por grupos yankees como Nirvana, Pearl Jam, RATM, Smashing Pumpkins o Soundgarden. Yo vestía con esos pantalones acampanados con túnicas imposibles y chalecos llamativos, y lucía un hachazo dividiendo esa misma alisada y larga cabellera rubia oxigenada que, durante mi pre-adolescencia de moldeador y pelo cardado, tanto había criticado a mi madre en sus fotos en blanco y negro (y eso que su rubio era natural). Pero no había cosa nueva. Sí. Sí que no había, vamos. Los noventa fueron años de recuperación y reinvención de lo inventado para los que no amábamos la música electrónica. Al menos para mí, que creía insuperables los 60 y 70.

Los años pasaron y delante de mis ojos multitud de bandas lideradas por gente casi de mi edad se convertían en nuevos ídolos de masas. Cuando eso ocurrió empecé a darme cuenta de que era mayor. Sí, fue en esa época cuando dejé de ser “fan”. Y curiosamente ese cambio modificó mis gustos. Fue en 1999,  año en el que acabé mis estudios en la universidad, cuando mirando hacia atrás rescaté varios artistas y grupos de la década a los que no había prestado mucha atención. Dos de ellos están entre mis bandas favoritas de todos los tiempo: Suede y Pulp. Brett y Jarvis me parecieron dos impostores desde el principio. El primero con una pose sofisticada y un halo trágico que sospechaba banal (y por ello resultaba eficaz). El segundo con esa tendencia a hacer una especie de parodia elegante de sí mismo (era una caricatura seductora y ciertamente insólita) y dado a contar historias que sin razón aparente me resultaban tristes. ¿Lo hacía sin querer?  Los empecé a adorar profunda e incondicionalmente aún más adelante, bien entrados en el siglo XXI, cuando para muchos empezaban a decaer. No para mí. Pero así soy yo. De efectos retardados y sensibilidad distraída.

Dejo Electricity (1999), de Suede , esa sí que es una canción de amor.
Mejor dejo el tema Babies (1993), de Pulp, que tanto me gusta y tanto me anima.
No. Los dos.  Pongo arriba uno, ¿vale?.  Así la entrada es más mona. A ver ahora… miro de calzarlo en algún momento del texto. Seguro que si lo has leído, ni te has dado cuenta ¿eh?

Recordando a Christina

No es necesario recordarla, está aquí. Lo sé. Después de algunos años de ausencia en el panorama nacional Christina Rosenvinge reapareció para alegría de todos sus fans y nos ha regalado algunas de sus mejores canciones. Lo ha hecho con talento, sencillez y la serena forma de componer y de ser artista que proporciona la experiencia. Yo la seguí en sus primeros trabajos: Que me parta un rayo, Mi pequeño animal y Cerrado.  He vuelto a ella con Continental 62 aunque es con Tu labio superior con el que (como tantos)  he disfrutado de esa (ahora aparente) sencillez que la hacía tan cercana en temas como Mil pedazos, Tú por mí,  Alicia o Voy en un coche. Eso sí, en esta nueva etapa cada canción refleja  la precisión del artista que vuelve al origen después de haber dado toda la vuelta. Y claro, el resultado, como en todas las cosas de la vida, es otro.

En cualquier caso mi disco favorito sigue siendo Mi pequeño animal. Incluye algunos temas que son un lujo por su melodía y letra. Os lo recomiendo. Días grandes de Teresa es una de mis favoritas. No es de las más conocidas de Christina, pero es un gran tema. Eso sí, no hay vídeo, aviso.