Lagunas: la elocuencia del vacío

Las hay de muchas clases. Lagunas. De agua cristalina o cargadas de escombros en lo más profundo de sí mismas.
Existen lagunas artificiales. Y otras habitadas por monstruos… ¿o eso sólo le pasa a los lagos?

Algunas fueron olvidadas y desaparecieron sin dejar rastro. Eso piensan; tú no decepciones.  Algunas han sido abandonadas y acabaron secándose. Eso dicen; tú no defraudes.

Y muchas, las preferidas de los demás, están rodeadas por muros de cemento vestido con flores de papel, muros fáciles de saltar.
Reciben visitas.
Visitas de turistas accidentales que buscan un bosque en el que hacer picnic sin lobos. ¿Os gustan los coyotes?
Visitas de ciudadanos de urbes, oprimidos por el calor, que buscan una gota de agua terrestre en la que ahogarse y poner fin a su vida.
Visitas de  padres y madres de familia, protagonistas de la excursión dominical que clausura la semana rindiendo homenaje al más puro tópico.
Visitas de amantes aventureros que cumplen con el protocolo del romance y trazan en su guía de viaje el recorrido de un destino tan incierto como previsible.
Visitas de los que no existen. Mis  favoritos. Saben acampar en las que fueron olvidadas.  Gracias a ellos, que duermen bajo los árboles, mis lagunas son patrimonio de la humanidad, territorio protegido. No dejaré que las borre el olvido de los visitantes que escalan por esos muros de cemento vestidos con flores de papel.

Dime, ¿quién cuida de las tuyas? Porque te percibo de agua y fuego, a pesar de tu silencio. Déjame decirte.

Las lagunas conforman nuestras maltrechas geografías, para bien o para mal. Nos recuerdan lo que fuimos y no somos, lo que fuimos y no queremos ser pero aún significamos, a nuestro hondo y olvidado pesar. Nos recuerdan lo que nunca seremos aunque lloremos lágrimas redondas cada noche, cada amanecer. Aunque no lloremos nunca. Lo que no sentiremos, aunque pretendamos sufrir y nos obstinemos en padecer con el sentimentalismo que no nos pertenece. ¿Por qué somos tan frágiles, compañero?
La ausencia nos define tanto como la posesión. Las lágrimas no vertidas dicen tanto de nosotros como las que  derramamos de forma obscena. Estamos lejos pero siempre hemos estado cerca. Porque procedemos del mismo planeta infantil. ¿Lo recuerdas? Trucha y sopa. Los martes.

A veces elijo la honestidad de la palabra precisa.
Esta noche me quedo con la elocuencia del vacío.

“Por eso sé de amor”

Hoy era un día de amarillos. No de nubes grises, sino de cielo amarillento; esa tonalidad que viste las tardes dulcemente tristes en las que la melancolía tiene un exquisito aroma. Cuando me siento así necesito versos. Si son blancos, mejor.  Certeros, de esos que apuntan y disparan al centro neurálgico de tu inteligencia estomacal. Sucede que siento que el poeta pensó en mí al escribir, en el experimento que forma parte de un ritual universal que planea un homenaje cósmico a mi ser…

“Da vergüenza decirlo, pero a veces los años construyen una casa de medios sentimientos, de verdades medianas, de pasiones dormidas como animales viejos […] Con los ojos vendados, para que no pudieses recordar el camino, intenté conducirtre  a mi mundo sereno de verdades a medias…”

Parece encontrarse ese tránsito del pavor al gozo que produce el presentimiento de encontrar lo buscado; el abrazo que se nos antoja definitivo… ¿lo fue para ellos?

” Seguro que tú puedes porque lo piensas todo pero yo nada encuentro, nada encuentro en mi mismo que no sea rendido a ser memoria, amor de ti, sombra de lo que existe porque te pertenece”

Antes de Completamente viernes, mi fiel compañero, descubrí Diario cómplice. Y ya entonces me sentí doblegada a las palabras de Luis, precisas, brillantes, ligeras… como piedras preciosas que vierte el infinito sobre nuestro entramado afectivo… Es el poeta que un día soñé ser.

“Me despierto tal  vez y alguien desnudo como yo está a mi lado, con una inesperada soledad y los ojos en deuda con la noche hablándome de ti, preguntando la historia  de tu ausencia…”

Qué cosas, las palabras más simples resultan poderosas situadas en el lugar concreto que está previsto para emocionar. Pero hoy no deseo percibir al poeta como algo geométrico, de habilidad aritmérica. Hoy no. Quiero imaginar que esas palabras han sido vomitadas. Aprender de cada frase, de cada término.  Valiente, herida, rota… entendida por alguien que expresa y muestra su desnudez (¿Y que más da si es fingida? Los actores dibujan y crean y emociones y nos gustan: no se diferencian de los poetas)

Bien, haré estos versos míos, si os parece…

“No existe libertad que no conozca,
ni humillación o miedo a los que no me haya doblegado
Por eso sé de amor,
por eso no medito el cuerpo que te doy,
por eso cuido tanto las cosas que te digo”


El sol invisible de Alejandra Pizarnik

“¿Y quién no tiene un amor?  ¿Y quién no goza entre amapolas? ” exclama…

Dolorida, aquejada de esa extraña melancolía que amenaza a los extranjeros de todo país, a las almas exiliadas, Alejandra pertenece a ese grupo de malogrados que no alcanzan el estatus de mito en el ideario masivo, aunque despierta la pasión sosegada de muchos amantes de la poesía.  “Yo no sé del sol. Yo sé de la melancolía del Ángel”  confiesa en otro poema. Un testimonio bajo cada palabra. A  Alejandra la descubrí por casualidad y pronto me atrapó. No es difícil tratándose de una poetisa que transmite en simples palabras la hondura del dolor causado por el constante aislamiento fruto de su temor a todo, a que el todo no sea…  “La jaula se ha vuelto pájaro ¿Qué haré con el miedo”.

Alejandra nació en 1936 en Buenos Aires. Era hija de emigrantes rusos. El desarraigo de no pertenecer a ningún lugar influenciaría necesariamente sus poemas. No es difícil imaginar su infancia como un campo de tristeza y soledad. Si es cierto que la infancia es el jardín en el que siempre jugamos, su vida se nos antoja comprensible, atendiendo a la forma de la que evoca su niñez. La memoria, la figura de la “niña anciana” está presente en sus versos, es el eco susurrante de una infancia marchita: “Recuerdo mi niñez, cuando yo era una anciana. Las flores morían en mis manos… “

¿Su vida? un viaje de ida, confuso y profundo. “No quiero ir más que hasta el fondo. Una cadena de depresiones concluye en su suicidio en 1972. Había claudicado, pero su extinción respiraba en sus poemas mucho tiempo atrás :” El viento y la lluvia me borraron, como a un fuego, como a un poema escrito en un muro”.