La canción de Isla Manono

Soy un hábil navegador: por mi precoz perspicacia mi padre, pescador por legado paterno, me apodó el samoano. Cumplidos los 20 años, me lancé a los océanos para llegar hasta Samoa. Bueno, en realidad volé de Barcelona a Nueva Zelanda, y tomé un barco que me trajo hasta aquí.

En Samoa hay una isla que se llama Isla Manono. En ella edifiqué una casa con mis manos blancas. Durante aquellas semanas de duro trabajo, no corté mis uñas. Las pintaba cada día con esmalte azul mientras escribía canciones para mi princesa. O quizá era la misma canción que versionaba una y otra vez al repasar mi descuidada manicura:

 “Tendrá flores en el pelo largo y caminará desnuda,
dejando una estela de pétalos tras de sí sobre las olas.
El aroma de su aliento mezclado con el humo perfumado
que exhalaré cada mañana se impregnará en mi alcoba”. 

Tuve paciencia y tras 77 mareas, ella llegó; sucedió tal y como yo esperaba. Atardecía y me sentí el hombre mas feliz del mundo. Pero para mi infortunio, tras una noche memorable, amaneció transformada, desprovista de flores y con esa mirada de quienes habitan las cocinas. Tuve que pedirle que abandonase la casa. A su paso entre las olas, que rompía en su ávida carrera hacia el horizonte, no quedaba pétalo alguno: tan sólo dibujaba una estela de espuma.

Al anochecer regresó; lo hizo reconvertida en la primera mujer, aquella que me había enamorado en el ocaso del día anterior. Pensé entonces que desterrarla así de mi palacete había sido el gran error de mi vida. Sin embargo al amanecer descubrí con vacío e ira que yacía a mi lado honestamente desnuda. Al percibir mi profundo desprecio, huyó rompiendo las olas y dibujando de nuevo aquella delirante estela de espuma con sus torpes pies.

Y así, sucesivamente, mi amada aparecía y se esfumaba entre mis caricias nocturnas para desfigurarse y perder todos sus encantos al amanecer. Ya no tenía que echarla: al contemplarse, transfigurada, y percibir mi desprecio, ella misma corría avergonzada, destrozando el oleaje. Pasaron 62 meses. Con sus días, ocasos y amaneceres. Hasta que en el día 1.785 ella no apareció. 

Me sentí tranquilo. Fue al despertar, cuando me invadió la más honda tristeza. Ella no volvió. Ni siquiera las olas lo hicieron. Ni las flores. Pero el océano sigue en su lugar. Yo también sigo aquí, en Isla Manono, recitando mi canción.

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Las lágrimas del chico burbuja

Al principio la voz de Laura era ligeramente temblorosa; su intensa emoción cada vez que lo veía delataba una entrega valiente y admirable, que a él le hacía sentir bonito. Ahora sus labios ya no tienen prisa. Él desnuda cada uno de sus gestos, rumbo a lo profundo. Se ahoga, pero avanza en la inmersión: quiere llegar hasta el fondo. Así es el chico burbuja.

Los viernes acuden a la taberna encantada, donde guitarristas y pianistas de jazz improvisan sesiones. Hoy hay un muchacho que toca el saxofón. Lo invitó Manuela. A Laura le brillan los ojos como el día de la cena en casa de Elena; cuando se conocieron. Ella, que estaba demasiado cansada para salir hoy, ya no tiene ganas de acostarse. La noche avanza y él no puede respirar. “Quédate” le dice, “No, no. Si ya te dije que estoy cansada”, contesta Laura. Al salir de la taberna, saludan al muchacho del saxofón. “Espera. Voy a liarme un cigarrillo”, dice ella, apoyándose en un coche. El chico burbuja siente una punzada que desgarra su garganta.

Ya en casa, ella apaga la luz de la habitación nada más entrar. Se desviste con prisa y al meterse entre las sábanas, le da un beso corto.

Amanece el sábado: el chico burbuja abandona la casa sin despertar a Laura. No la ha besado. Está roto por dentro: miles de cristales se clavan en cada milímetro de su maltrecho aparato afectivo. En su lugar, que no en sus zapatos, podría estar cualquier otro que aquel día en casa de Elena hubiera demostrado dotes culinarias captando el interés de las invitadas. Esa verdad golpea sus sienes una y otra vez. No ha dejado de llorar en todo el día, ni siquiera en el restaurante. Las camareras pudorosas simulan no apreciar su tristeza. Pero él no siente vergüenza.

Las lágrimas del chico burbuja no se deslizan por su bello rostro alargado: caen desde sus ojos al suelo, al fregadero, algunas se deslizan delicadamente sobre los platos sucios. Y son perfectamente redondas.  Los otros no entienden esa forma tan especial que tiene de sufrir; ese extraño llanto de niño anciano. Tampoco hace falta para que sepan como proceder; evitan su mirada. No preguntan. No se acercan a él. No tratan de ahuyentar su tristeza. De lo contrario, romperían su burbuja y él se extinguiría.

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Chicago

Subiste al autobús en la Plaza de Neptuno y Carlos nos presentó: pura cortesía. Llevabas los auriculares puestos y trasteabas con tu teléfono móvil en busca de una melodía, mientras nosotros hablábamos de marketing musical. En la pantalla te tu iPhone leí de refilón “Chicago”, de Sufjan Stevens. “Me encanta esa canción”, te dije. No sé si me escuchaste; sonreiste con educación y tus ojos se apartaron de mí. Busqué tu mirada un par de veces más mientras conversábamos. Pero no tuve éxito: cuando bajaste en Delicias me sentí vacío.

Dos días después, mientras inspeccionaba las estanterías de la biblioteca del barrio, te vi: te saludé torpemente y charlamos un rato. ¿Recuerdas? Qué comienzo. El verano que viajaste a Illinois pasaste por casa. Acababas de llegar de Valencia en autobús con una diminuta maleta roja y los bolsillos llenos de hachís. “¿Me lo guardas hasta la vuelta? Creo que en el aeropuerto me dará problemas” susurraste. Tenías la voz más ronca que de costumbre. “¿Estás bien?”, te pregunté. “Es la alergia”, me dijiste retirando con las puntas de los dedos anulares el agua contenida en tus ojos. Me sentí molesto. Tú y esa manera insoportablemente obvia de entregarte que llamabas amor. Te veía tan pequeña que todas las demás eran más bonitas.

Han pasado dos años y mi verdad ahora es la tuya de entonces. Sigo teniendo el hachis en la caja de cartón. Espero que algún día suene el teléfono. Y que seas tú. Y que vengas a casa. Aunque sólo sea, para recuperarlo.

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Luna, ¿quién dijo tiempo?

Hoy alguien a quien admiro cumple 20 años. “Mis manos también se marchitan”, escribe.
¿Quién dijo tiempo, Luna?
Horas que son días, estaciones que son años, minutos formados por segundos encadenados componen una vida. Segundos que se pierden, que se quedan suspendidos en el espacio tiempo. Siempre que alguien más joven que yo cumple años manifestando la experiencia de hacerse mayor reflexiono sobre el tiempo. Nos marca y nos define: queramos o no, evolucionamos desde una necesaria involución. La degeneración de la carne nos condena y nos libera al mismo tiempo.  Es una experiencia realmente hermosa,  un proceso catártico.

Nunca fui tan lúcida y apasionada como a los 17 años. Nunca tuve tantos sueños. Y no sé por qué, los dejé morir. Estrangulé mis ilusiones una a una en una espera absurda. Ya he doblado el callejón y no me puedo permitir seguir aquí esperando. Ahora dudo, cuestiono la realidad que percibo y aprendo más que nunca. Entiendo y espero que esta tendencia siga en aumento. No me asusta envejecer salvo por la constatación de esa brevedad de la vida de la que nos hablaban los abuelos. No echo de menos ningún momento del pasado salvo el futuro que, inmenso, se abría ante mí. Todas mis esperanzas estaban depositadas en un mañana infinito. Era una sensación de incertidumbre y de histérica libertad.
Ahora el futuro está aquí, oculto en mis primeras arrugas. Y sin embargo, nunca fui tan feliz de ser tan joven. Recientemente he descubierto que, a pesar de considerarme dueña de una precisión milimétrica al calibrar la realidad, suelo estar equivocada. No soy esa persona grande que solía ser, más bien me he vuelto pequeñita. Pero no me siento triste. Mi levedad me hace libre. Por fin no tengo nada que me ampare, ni aval vital, ni referencias. Y sin embargo, a día de hoy, siendo otra persona completamente distinta, sigo siendo la misma. Como un tren de largo recorrido.

La mano de Luna Miguel a los 19 años

 

Hoy alguien a quien admiro cumple 20 años. Se llama Luna. A mí me parece una nave espacial, una persona dueña de una naturaleza cósmica que la impulsa a trascender las fronteras celestes. Y yo, que siempre estuve de estación en estación, la observo con serena admiración. En su blog ilustraba el paso del tiempo. Me imagino que contempla un pasado largo que la ha dotado de una sensibilidad extrema para percibir y narrar nuestro mundo. Y lo comprendo; si pienso en el tiempo transcurrido de los 20 a ahora diré que el pasado me parece menos inmenso, los cambios menos sustanciales  y los procesos parecen tener otro ritmo, a pesar de la multiplicidad de experiencias que componen mi desordenada vida. Puede ser que la parte de la vida que más hondo cala en nosotros ya haya pasado ante la mirada celeste y voraz de nuestra Luna. O quizá no. Confío en que lo descubra y nos lo cuente.

 

 

 

Árido

Hoy me siento un poco huérfana, un poco viuda, un poco más sola en este mundo árido. Soy de esa gente (porque sé que somos unos cuantos) que pensaba que José Saramago siempre estaría ahí. Fíjate qué cosas. Creo que ciertas personas no deberían morir, al igual que otras no deberían haber existido. Y mientras los demás vamos y venimos aturdidos, confundidos… Derrotados sin saberlo.

Internet está lleno de noticias, reportajes, biografías, entrevistas, declaraciones, títulos, premios, conversaciones, anécdotas… Nunca llego la primera a ningún sitio porque ni soy rápida ni tengo prisa. Imagina.  Así que no voy a escribir nada sobre José Saramago. Voy a pensarle, no más. Y a imaginar que hubiera un paraiso al que este ateo hormonal hubiese ascendido al atardecer. De la misma forma que se consagró como escritor sin pretensión, entraría en el cielo sin haberlo buscado. Simplemente por “hacer lo que tenía que hacer”. Sería gracioso, ¿no crees?

“El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración… El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje”.


Hasta siempre, hasta siempre.

Lagunas: la elocuencia del vacío

Las hay de muchas clases. Lagunas. De agua cristalina o cargadas de escombros en lo más profundo de sí mismas.
Existen lagunas artificiales. Y otras habitadas por monstruos… ¿o eso sólo le pasa a los lagos?

Algunas fueron olvidadas y desaparecieron sin dejar rastro. Eso piensan; tú no decepciones.  Algunas han sido abandonadas y acabaron secándose. Eso dicen; tú no defraudes.

Y muchas, las preferidas de los demás, están rodeadas por muros de cemento vestido con flores de papel, muros fáciles de saltar.
Reciben visitas.
Visitas de turistas accidentales que buscan un bosque en el que hacer picnic sin lobos. ¿Os gustan los coyotes?
Visitas de ciudadanos de urbes, oprimidos por el calor, que buscan una gota de agua terrestre en la que ahogarse y poner fin a su vida.
Visitas de  padres y madres de familia, protagonistas de la excursión dominical que clausura la semana rindiendo homenaje al más puro tópico.
Visitas de amantes aventureros que cumplen con el protocolo del romance y trazan en su guía de viaje el recorrido de un destino tan incierto como previsible.
Visitas de los que no existen. Mis  favoritos. Saben acampar en las que fueron olvidadas.  Gracias a ellos, que duermen bajo los árboles, mis lagunas son patrimonio de la humanidad, territorio protegido. No dejaré que las borre el olvido de los visitantes que escalan por esos muros de cemento vestidos con flores de papel.

Dime, ¿quién cuida de las tuyas? Porque te percibo de agua y fuego, a pesar de tu silencio. Déjame decirte.

Las lagunas conforman nuestras maltrechas geografías, para bien o para mal. Nos recuerdan lo que fuimos y no somos, lo que fuimos y no queremos ser pero aún significamos, a nuestro hondo y olvidado pesar. Nos recuerdan lo que nunca seremos aunque lloremos lágrimas redondas cada noche, cada amanecer. Aunque no lloremos nunca. Lo que no sentiremos, aunque pretendamos sufrir y nos obstinemos en padecer con el sentimentalismo que no nos pertenece. ¿Por qué somos tan frágiles, compañero?
La ausencia nos define tanto como la posesión. Las lágrimas no vertidas dicen tanto de nosotros como las que  derramamos de forma obscena. Estamos lejos pero siempre hemos estado cerca. Porque procedemos del mismo planeta infantil. ¿Lo recuerdas? Trucha y sopa. Los martes.

A veces elijo la honestidad de la palabra precisa.
Esta noche me quedo con la elocuencia del vacío.

“Por eso sé de amor”

Hoy era un día de amarillos. No de nubes grises, sino de cielo amarillento; esa tonalidad que viste las tardes dulcemente tristes en las que la melancolía tiene un exquisito aroma. Cuando me siento así necesito versos. Si son blancos, mejor.  Certeros, de esos que apuntan y disparan al centro neurálgico de tu inteligencia estomacal. Sucede que siento que el poeta pensó en mí al escribir, en el experimento que forma parte de un ritual universal que planea un homenaje cósmico a mi ser…

“Da vergüenza decirlo, pero a veces los años construyen una casa de medios sentimientos, de verdades medianas, de pasiones dormidas como animales viejos […] Con los ojos vendados, para que no pudieses recordar el camino, intenté conducirtre  a mi mundo sereno de verdades a medias…”

Parece encontrarse ese tránsito del pavor al gozo que produce el presentimiento de encontrar lo buscado; el abrazo que se nos antoja definitivo… ¿lo fue para ellos?

” Seguro que tú puedes porque lo piensas todo pero yo nada encuentro, nada encuentro en mi mismo que no sea rendido a ser memoria, amor de ti, sombra de lo que existe porque te pertenece”

Antes de Completamente viernes, mi fiel compañero, descubrí Diario cómplice. Y ya entonces me sentí doblegada a las palabras de Luis, precisas, brillantes, ligeras… como piedras preciosas que vierte el infinito sobre nuestro entramado afectivo… Es el poeta que un día soñé ser.

“Me despierto tal  vez y alguien desnudo como yo está a mi lado, con una inesperada soledad y los ojos en deuda con la noche hablándome de ti, preguntando la historia  de tu ausencia…”

Qué cosas, las palabras más simples resultan poderosas situadas en el lugar concreto que está previsto para emocionar. Pero hoy no deseo percibir al poeta como algo geométrico, de habilidad aritmérica. Hoy no. Quiero imaginar que esas palabras han sido vomitadas. Aprender de cada frase, de cada término.  Valiente, herida, rota… entendida por alguien que expresa y muestra su desnudez (¿Y que más da si es fingida? Los actores dibujan y crean y emociones y nos gustan: no se diferencian de los poetas)

Bien, haré estos versos míos, si os parece…

“No existe libertad que no conozca,
ni humillación o miedo a los que no me haya doblegado
Por eso sé de amor,
por eso no medito el cuerpo que te doy,
por eso cuido tanto las cosas que te digo”