La crueldad de Tommy Gnosis

No sé qué me asusta más: la crueldad del otro o la mía.

Cuánto poder mal gestionado en el mundo desahucia al hombre de su capacidad para sentir compasión o simplemente amor.
El poder corrompe en todos los ámbitos. ¿Debemos por lo tanto perder toda esperanza de remontar el vuelo? ¿Remontar…? ¿Es que hemos volado alguna vez?

He vuelto a ver Hedwig and the angry inch. Mi tema favorito es Wicked little town y aunque me gusta mucho más la delicada y memorable primera versión de Hedwig junto a una banda de instrumentistas imposibles, he decidido compartir la de Tommy Gnosis, el discípulo que le robó el corazón (y las canciones), por las palabras que le dedica a Hedwig y que cierran esta disparatada y devastadora historia de amor.

Certero y cruel, Gnosis.

John Cameron Mitchel, eres un genio.

Copia certificada

Dos desconocidos se encuentran. Ella es una galerista de arte, él un escritor. Tienen una cita y teorizan sobre cuestiones intrascendentemente trascendentales. Pero entonces algo sucede, frente a un café. Comienzan a fingir ser un matrimonio, una representación que acaba atrapándoles y recreando una realidad paralela de la que parecen no poder salir. Un juego sin retorno.
No, espera…
Un matrimonio, erosionado por el paso del tiempo y una convivencia intermitente debido a los largos viajes de él, escritor de éxito, simula ser una pareja de desconocidos que se encuentran en una presentación.  Pero entonces algo sucede, frente a un café. La ficción se rompe y la verdad de su relación inunda las palabras que componen la desordenada conversación. En la verdad no hay retorno. No espera.

Y si…
Se trata de una reflexión sobre el arte, sobre el valor de la autenticidad.
¿Y si la copia es mejor que la obra original? ¿Y si la emulación supera a la realidad? ¿Por qué la obra original debe ser incuestionable ante la versión perfeccionada? ¿No es acaso la perfección lo que buscamos? Y sin embargo seguimos concediendo ese valor sacro a lo original. En el arte, en las relaciones, en los roles, en la vida.


Habréis leído la sinopsis de Copia certificada, pero no hay sinopsis que valga, porque no es tan importante saber qué hay detrás. No importa si los protagonistas son un matrimonio o no lo son, no importa lo que el director pensase que eran, ni siquiera lo que pensasen los actores. Importa la reflexión… La vida se inspira en el arte, el arte se inspira en la vida. Por lo tanto,  ¿qué más da si nos relatan un encuentro real o un juego entre dos extraños? ¿Cambiaría eso algo?

Alabama y Clarence

Recordaba con unas amigas su historia a propósito de la muerte de Dennis Hopper y aquel épico diálogo sobre los sicilianos, frente a un inmenso (cuándo no lo es) Christopher Walken.

Una de amor. Un verdadero romance. Chica conoce a chico por (casi) casualidad, hacen el amor y se enamoran. A ella la han enviado, ella era un regalo para él pero ahora ella se ha enamorado… En realidad era uno de sus primeros trabajos como chica de encargo.
Así empieza la historia de amor. Yo la vi un par de años después de su estreno en cines en televisión, casi por casualidad. Era verano del 95 y estudiábamos para un examen de historia. Solíamos preprar café y dedicar la noche a estudiar porque nos concentrábamos mejor. Pero aquella noche teníamos las mentes cerradas al conocimiento así que encendimos el televisor del salón de la casa de mis padres. La película estaba empezando en el preciso instante en el que apretamos el botón del canal que la emitía.

Me gusta la historia porque es intensa, emocionante, divertida y de una surpeficialidad honda que cala. “No había forma de que pudiera gustarte tanto. Me alivié tanto cuando te quitaste el vestido y vi que no tenías pene”. (..)

El chico acepta la derrota sin dolor, con tranquilidad; no hay ni siquiera resignación, sino una extraña calma propia del que no tiene nada que perder porque no tiene nada que ganar.

Y a ella parece importarle y grita nerviosa: “Quiero que sepas que no soy mercancía dañada, no soy lo que en Florida llaman basura blanca. Soy una muy buena persona”…

¿Por qué suenan tan bien las conversaciones de Tarantino? ¿Cómo lo hace el maldito? ¿Por qué suena tan bien Patricia Arquette? Resulta absolutamente encantadora. Como esa escena en la que llega a casa y se encuentra con el mafioso interpretado por James Gandolfini: “LLevas un conjunto muy bonito” (dice él) “¿Este? Me lo compré en Las Vegas, Nevada”. Me recuerda a una amiga de Ibiza que vino a Madrid un fin de semana y se tiró toda una noche diciendo a cada persona que piropeaba sus zapatos en una disco a la que fuimos… “¿Estos?  Los compré en París, Francia”. En realidad lo de mi amiga sucedió años después. A veces la realidad se parece a la ficción y no al revés, como pensamos.

La violencia es asumida con naturalidad por los protagonistas de la película; conviven con la amenaza de una bala como con el aire que respiran. He ahí lo grande de Tarantino: lo sórdido funciona y aunque es duro nos resulta natural porque desde dentro lo sórdido no es dramático. Por eso si se narra de una forma emocionalmente efectista hay un alto riesgo de caer en el melodrama. Así que los personajes conviven con la violencia con la plena aceptación de las reglas, y con esa misma naturalidad nosotros asistimos a la muerte de personajes importantes en las películas de Tarantino. Simplemente al sentarte en frente de una historia como la de Pulp Ficition, por ejemplo, eres consciente de que muchos de los personajes no sobrevivirán y aceptas con más naturalidad la muerte de un protagonista de la historia que la de un figurante en una serie de televisión. Es lo que tiene.

“Estás vivo, estás vivo…” dice ella. Y es que siempre hay quien sale airoso de la mierda casi por casualidad. Casi. El elegido. Buscemi en Reservoir Dogs o Willis en Pulp Fiction. Aquí, el amor gana por una vez. Casi por casualidad. Casi. Como en la vida real cuando gana. Y eso, me gusta.

El sol invisible de Alejandra Pizarnik

“¿Y quién no tiene un amor?  ¿Y quién no goza entre amapolas? ” exclama…

Dolorida, aquejada de esa extraña melancolía que amenaza a los extranjeros de todo país, a las almas exiliadas, Alejandra pertenece a ese grupo de malogrados que no alcanzan el estatus de mito en el ideario masivo, aunque despierta la pasión sosegada de muchos amantes de la poesía.  “Yo no sé del sol. Yo sé de la melancolía del Ángel”  confiesa en otro poema. Un testimonio bajo cada palabra. A  Alejandra la descubrí por casualidad y pronto me atrapó. No es difícil tratándose de una poetisa que transmite en simples palabras la hondura del dolor causado por el constante aislamiento fruto de su temor a todo, a que el todo no sea…  “La jaula se ha vuelto pájaro ¿Qué haré con el miedo”.

Alejandra nació en 1936 en Buenos Aires. Era hija de emigrantes rusos. El desarraigo de no pertenecer a ningún lugar influenciaría necesariamente sus poemas. No es difícil imaginar su infancia como un campo de tristeza y soledad. Si es cierto que la infancia es el jardín en el que siempre jugamos, su vida se nos antoja comprensible, atendiendo a la forma de la que evoca su niñez. La memoria, la figura de la “niña anciana” está presente en sus versos, es el eco susurrante de una infancia marchita: “Recuerdo mi niñez, cuando yo era una anciana. Las flores morían en mis manos… “

¿Su vida? un viaje de ida, confuso y profundo. “No quiero ir más que hasta el fondo. Una cadena de depresiones concluye en su suicidio en 1972. Había claudicado, pero su extinción respiraba en sus poemas mucho tiempo atrás :” El viento y la lluvia me borraron, como a un fuego, como a un poema escrito en un muro”.