El lunes sin Blanca

 

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Pronto estaré sin blanca: esta ha sido la gran noticia del día de hoy. Vaya lunes. Volver a vivir sin un puto duro va a ser de lo más emocionante. Dos de mis clientes más antiguos me dejan: él se muda. Ella tiene un problema de salud que no supo explicarme. A ver, que lo de ella me apena, no todo es la pasta: es una mujer noble y asustadiza por la que siempre experimenté compasión. Pero me quedo sin blanca, como digo. Porque en total hablo de cuatro entrenamientos semanales: 800 euros al mes que me daban una interesante base para vivir sin matarme y poder dedicar el fin de semana a mi otra pasión, el rugby. Un punto final penoso para un fin de semana lamentable. Porque ayer por la mañana Blanca, mi Blanca, mi futura Blanca, decidió abandonarme antes de estar a mi lado. Fue desolador verme solo en casa rodeado de botellas de vino y de restos de alimentos cocinados al vapor. Creía que estaba bien pero en realidad mi corazón había dejado de latir; roto llevaba varios días. Concretamente se rompió cuando la conocí. ¿O fue antes de conocerla? Siendo franco, no recuerdo haberlo sentido de una pieza nunca.

Yo que todo lo sé, ya sabía que no querría volver a estar conmigo una vez que nos acercásemos el uno al otro. Y no lo digo en este caso por mi orientación sexual habitual. De hecho mostró una apertura mental sorprendente hacia mi trayectoria afectiva. Soy un hombre que se relaciona sexualmente con hombres, es decir, soy abiertamente homosexual, y no me gusta mentir. Y digo que lo soy abiertamente no por ser amanerado, sino porque no me cierro a tener experiencias con mujeres si me atraen. Lo que ocurre es que uno al final se acostumbra a ciertos mecanismos, a ciertas reglas en el campo de la seducción que facilitan el ejercicio del acercamiento, y acaba desconectándose de otras formas afectivas que resultan algo más complejas. Y así, sin saber exactamente por qué, va tejiendo su vida como buenamente puede. Al menos así lo hace ese uno del que hablo, que soy yo mismo, que vivo desconectado de todo y estoy falto de algo que los otros y las otras no parecen extrañar.

En mi primera cita con Blanca intenté no mencionar el sexo de mis antiguos romances. Me manejé como buenamente pude para hacerle ver con delicadeza que me habían gustado a lo largo de mi vida tanto unos como otras porque aunque no suela contar mi vida cierta, mentir, ya no miento por norma general. No obstante, y ante la posibilidad de que ella no tuviese clara mi intención, me declaré al final de la noche. En aquel momento deseaba abrir mi corazón más que nada en el mundo, porque nunca deseé tanto exponerme ante alguien. Bueno… Quizá lo que ocurra es que hoy no recuerdo a ningún alguien en mi vida que no sea ella. Y quizá pronto olvide cuánto deseé exponerme ante Blanca.

Me enamoré de Blanca la primera vez que la vi. Bueno, no: la segunda. Nos vimos en Atocha porque yo viajaba a Málaga para visitar a mi familia. Ella conducía el coche compartido en el que reservé plaza la noche anterior. No me fijé mucho en su foto antes de conocerla, y cuando llegué, tras una noche de excesos, no le vi bien la cara. Fue en la parada que hicimos a mitad del viaje en un bar de carretera cuando reparé en ella. Comía apresuradamente un pincho de tortilla y tenía una sonrisa tan amplia como templada. Una de esas sonrisas que ya no se ven: se dejaron de llevar hace mucho tiempo. Yo no entiendo la moda de sonreír de esa forma desdeñosa y burlona. Me cabrea la gente que ríe así. A mí me gustan las sonrisas blancas, como la de Blanca. Con esa dentadura perfecta de mulata inaccesible y ese cabello rizado, intensamente rizado, que llevaba anudado alrededor de un lápiz. Recuerdo que sentí una mezcla de gozo y melancolía: estaba tan acongojado que no dejé de hablar en todo el viaje. La miraba desde atrás, buscando sus ojos oscuros en el espejo retrovisor que se encontraban con los míos de una forma casual, inocente y sincera. Llegué a casa de mis padres tan alterado que no podía ni respirar. Mi hermano pequeño me miraba extrañado, como intuyendo que alguien me había robado los días que le iban a faltar a mi calendario a partir de entonces. O igual simplemente notó mi euforia desmedida. Yo hablé mucho de otras cosas en las que no estaba pensando.

Blanca es psicóloga y está preparando una oposición, así que el hecho de llevar una vida poco activa a su juicio (ella nada 3 días en semana, pero no lo consideraba suficiente dado su pasado como jugadora de baloncesto) parecía su obsesión cuando hablamos de nuestras profesiones en el viaje de regreso a Madrid. Porque obviamente, adelanté la vuelta para viajar ese lunes en su coche. La animé a reiniciar una vida sana y luego le pregunté por su trabajo. Me habló de comportamientos adquiridos, de terapias y de formas de tratar a los pacientes. De los niños. De los que sufren y de los que no lo hacen. Y de Freud. Y… ¿Lacan? No me acuerdo. Pero yo me sentí muy interesado, tanto que fui a comprarme un libro sobre psicoanálisis cuya foto le envié por SMS demostrando mi profundo interés en la materia. Todo me interesaba entonces. Y así, entre sus libros y mis ejercicios con el TRX, conseguí generar la debida confianza para tener una cita. Tras la cita, hablamos, y luego nos vimos otro día. No entraré en detalles, pero ocurrieron cosas. Otras no ocurrieron. No creo que sean ya importantes ninguna de todas ellas.

Ayer antes de irse al amanecer me dijo que podíamos ser amigos. La noche del sábado la habíamos pasado juntos. Ella no lo sabe, pero a su lado soñé con su cabello rizado en la playa. Digo su cabello porque en el sueño yo no veía su rostro, solo sus rizos flotar con el cielo de fondo. Y no veía las olas: las oía romper. Luego desperté con el olor a crema de coco que impregna mis lejanas memorias de playa y sol en el Rincón de la Victoria, mi pueblo. Irónico lugar en el que crecer para un gran perdedor nato. Pero así soy yo: un cúmulo de retorcidas contradicciones.

Es lunes. Un lunes que empecé y termino sin ella. Sin la felicidad de esperar algo de ella. Con la tranquilidad de no esperar nada de ella. Sin expectativa alguna. Tejiendo mis momentos como sé. Como buenamente puedo. Sin demasiada soltura. Sin cordura ni equilibrio. Quizá porque la extraño. O extraño mi sentir. O quizá porque no dormí. En vez de eso, bebí cerveza toda la noche y lloré con desconsuelo hasta sufrir un ataque de hipo. Sin saber por qué, sin pensar en nadie. Solo triste, una vez más. Triste por mí. Por mi inercia. Por esta jaula en la que encerré a una persona que pude haber sido. Y así, de esta tonta manera, llegué a este lunes. Al lunes más lunes que jamás existió. El lunes sin Blanca.
SinBlanca

 

Expectativas

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“Yo ya no estoy para cumplir las expectativas de nadie; estoy contigo porque me gustas y digo lo que siento según lo siento”, me dijo Sara después de nuestra primera noche. Fue una confesión serena, entre amigas. Sí; digamos que en ese momento mi interlocutora actuaba como si no nos uniese ningún tipo de vínculo romántico. Y me parece bien esta confianza como base de nuestra relación, que conste. Es sólo que en realidad nuestro vínculo sí era y es romántico. O sexual. O muy íntimo…  O al menos es fruto de una afectividad más ardiente que la que une a los amigos y amigas. No sé exactamente de qué vínculo se trata, pero no es una mera amistad. 

“Las lesbianas sois tan intensas”, me dice mi amiga María cuando le transmito mis inquietudes a través del chat de Facebook. Me muerdo la lengua, porque a intensidad no hay quien le gane a ella, con esa colección de novios imposibles y relaciones tormentosas que parecen salidas de un culebrón colombiano (no lo digo de forma xenófoba: es que María baila salsa y encuentra hombres en esas discotecas específicas que ella frecuenta donde abundan los machos latinos). Pero bueno, una a estas alturas de la vida ya ha aprendido a callarse. Y es lo que también hago cuando se trata de Sara. Lo hago aún más. Me callo y otorgo. 

Me callo precisamente porque he decidido no tener expectativas de ningún tipo, he decidido responsabilizarme de todo lo que me ocurre. Al fin y al cabo, ella no tiene nada que ver con lo que estoy pasando. Esto de tomar las riendas de mi vida y hacerme cargo de mi delirante sufrimiento empezó mucho antes de que yo me percatase de la existencia de Sara, así que no quiero involucrarla en mi cruzada contra las esperanzas baldías.

Ayer nos vimos para cenar. La escena de la cocina se repite en mi memoria. Mientras bate los huevos, comparte conmigo sus problemas con la asociación de jugadoras de petanca. Dios mío; salgo con una jugadora de petanca. No sé qué tiene de malo para que tanto me moleste. ¡Qué digo! Tiene todo de malo (yo solía jugar a la petanca); es para abrirse las venas, pero mejor seguir por el sendero de la cordura y no dar vueltas al asunto. 

El hecho es que me comenta todo lo que la separa de sus compañeras de equipo mientras las patatas se van friendo en la sartén. Y mi impresión es que el problema versa en las expectativas que ella tiene y que sus amigas no cumplen; hablo de esa nostalgia de empatía del otro que nos deja tan solos a los sensibles. Cuando le intento hacer ver que es cosa de ella, que debe evitar que su ánimo dependa de terceros, que debe responsabilizarse de sus decisiones, de sus emociones… me ataca. Según escucho su voz y siento su decepción impregnada en esas palabras que me dedica con una dureza contundente, reflexiono. Sí, lo hago: yo soy muy hábil en estos menesteres. Suelo pensar mientras me atacan para evitar entrar en la frecuencia histérica o la frecuencia llorona, que son las que suelen activarse en mí ante estas situaciones. Así es como yo, la princesa guisante a la que todo le escuece, encajo los golpes con aparente “dignidad”. Aunque en realidad no sé qué significa esta puta palabra: dignidad. Yo aborrezco a la gente digna. 

Vuelvo a Sara y a nuestro desencuentro no-discusión (no hay discusión si uno no quiere). Es que últimamente todo va de ella. Está siempre en mi mente, en la parte visible o al fondo. En ocasiones flota y consigo ignorarla, pero ahí se ha instalado. Estoy de nuevo en ese momento en el que no para de repetirme lo mucho que le ha molestado mi comentario, y siento mío su sufrimiento, ése que la embarga cuando piensa en cómo actuaría ella en una situación determinada para terminar comprobando que los demás no se comportan de igual manera. Y yo creo que es eso lo que hace la gente que tiene expectativas; esas que ella asegura no cumplir para nadie. Yo permanezco sentada en silencio aguantando sus acusaciones, porque aunque jamás podría hablarle de esa manera, soy partícipe de su dolor: se ha sentido juzgada. No la he apoyado y la he dejado sola. Sí: precisamente lo que ella está haciendo ahora conmigo, claro que en su caso, dadas sus difíciles circunstancias, no puede llegar a este razonamiento. No es su culpa; es así y será así. Mejor aceptarlo. Pero mi exacerbado egoísmo me lleva a pensar que ella no está actuando como yo lo haría. Me cabreo conmigo porque en este momento estoy siendo presa del mismo mecanismo afectivo que marca su actitud y la aleja de mí, así que decido no pensar. Poco a poco ella baja el volumen y al rato me abraza arrepentida, aunque hace como si me estuviese perdonando. “Venga, estemos bien. No pasa nada”, me dice. Me doy cuenta de que necesita que la comprendan e intento hacerlo. Lo peor es que lo consigo.  Siempre.

Al día siguiente me levanto revuelta; después de desayunar, le doy un beso en la mejilla y me despido. Quiero refugiarme en mi casa. Soy consciente de su dolor pero estoy atorada por el mío. Casi no puedo respirar. Pero no es eso lo que me causa el vacío enorme que ahora predomina en mí. No. La causa de mis males es la sensación de ser una desconocida para ella: parece que ha dejado de interesarse en saber quién soy para buscarse a sí misma en mi mirada con el fin de evitar daños colaterales. Cree que lo hace por mí, pero no es así. No se da cuenta, pero yo lo noto. Lo sé. Conozco esa trampa afectiva que el ego tiende a quiénes se creen amados antes de tiempo, o sin merecerlo. Como si el amor fuera cosa de plazos o de recompensas, o pudiera cobrar sentido fuera del universo de quien lo experimenta. Estoy asustada, pero en esta ocasión lo estoy gestionando de otra forma. Trato de no analizar lo que siente: prefiero centrarme en comprender qué siento yo. No debería importarme lo mucho o poco que me da; al no tener expectativas, no debería pararme a pensar en lo que ella pueda sentir. Ciertamente, carece de sentido hacerlo porque son esas malditas expectativas las que me hacen creer que necesito algo de esa mujer o de cualquier otro ser humano, cuando yo lo tengo todo. Soy tan rica, que me gustaría volcar todo mi patrimonio en alguna cocina destartalada, junto a un montón de botellas de vino y cerveza vacías, para así calmar la sed de manadas de animales de after.

Ruedan unas lágrimas sobre mis mejillas, me llama mi prima Susana y tras unas horas de emociones flotantes, reanudo mi vida en clave de fa. Al fin y al cabo, siempre he sido la mano izquierda sobre el piano cuando se trata de tocar en compañía. Me digo que estoy acostumbrada y que me siento bien así. Destrozada sin motivos, amenazo en secreto al mundo con dejar de sonar, aunque seguramente nadie se dé cuenta. Bueno, habrá quién lo note. Lo sé. Sé de hecho que de hacerlo habrá heridos, pero en realidad, no me importa demasiado. No estoy en este jodido mundo de mierda para satisfacer las expectativas de otros. Es mi última palabra. Me siento liberada.

El día avanza. Estoy centrada en sacar adelante unas tareas que debo terminar, porque Sara viene a cocinarme ceviche esta noche y no tengo cilantro en casa. Yo detesto el cilantro, pero Sara insiste en que el ceviche sin cilantro no es ceviche. Así que claudico y me comprometo a comprarlo y a comérmelo a puñados si hace falta. Ella se ríe a carcajadas al oírme tan entregada a sus deseos. Sin embargo lo que ignora es que no lo hago por cumplir sus expectativas: es sólo que pocas cosas en el mundo me gustan tanto como el brillo de sus enormes ojos cada vez que consigue que me dé por vencida. 

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¿Y…?

¿Qué hago yo ahora con cada uno de los latidos que reinventé por ti?

¿Qué hago yo ahora con el sonido que aún no te he dedicado?

¿Qué hago yo ahora con el silencio que compuse en tu honor?

¿Qué hago yo ahora con los atardeceres que alquilé para tu boca?

¿Qué hago yo ahora con las horas que hice tuyas?

¿Y qué hago yo ahora con todo este amor?

¿Qué hago yo?

¿Qué hago?

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Las lágrimas del chico burbuja

Al principio la voz de Laura era ligeramente temblorosa; su intensa emoción cada vez que lo veía delataba una entrega valiente y admirable, que a él le hacía sentir bonito. Ahora sus labios ya no tienen prisa. Él desnuda cada uno de sus gestos, rumbo a lo profundo. Se ahoga, pero avanza en la inmersión: quiere llegar hasta el fondo. Así es el chico burbuja.

Los viernes acuden a la taberna encantada, donde guitarristas y pianistas de jazz improvisan sesiones. Hoy hay un muchacho que toca el saxofón. Lo invitó Manuela. A Laura le brillan los ojos como el día de la cena en casa de Elena; cuando se conocieron. Ella, que estaba demasiado cansada para salir hoy, ya no tiene ganas de acostarse. La noche avanza y él no puede respirar. “Quédate” le dice, “No, no. Si ya te dije que estoy cansada”, contesta Laura. Al salir de la taberna, saludan al muchacho del saxofón. “Espera. Voy a liarme un cigarrillo”, dice ella, apoyándose en un coche. El chico burbuja siente una punzada que desgarra su garganta.

Ya en casa, ella apaga la luz de la habitación nada más entrar. Se desviste con prisa y al meterse entre las sábanas, le da un beso corto.

Amanece el sábado: el chico burbuja abandona la casa sin despertar a Laura. No la ha besado. Está roto por dentro: miles de cristales se clavan en cada milímetro de su maltrecho aparato afectivo. En su lugar, que no en sus zapatos, podría estar cualquier otro que aquel día en casa de Elena hubiera demostrado dotes culinarias captando el interés de las invitadas. Esa verdad golpea sus sienes una y otra vez. No ha dejado de llorar en todo el día, ni siquiera en el restaurante. Las camareras pudorosas simulan no apreciar su tristeza. Pero él no siente vergüenza.

Las lágrimas del chico burbuja no se deslizan por su bello rostro alargado: caen desde sus ojos al suelo, al fregadero, algunas se deslizan delicadamente sobre los platos sucios. Y son perfectamente redondas.  Los otros no entienden esa forma tan especial que tiene de sufrir; ese extraño llanto de niño anciano. Tampoco hace falta para que sepan como proceder; evitan su mirada. No preguntan. No se acercan a él. No tratan de ahuyentar su tristeza. De lo contrario, romperían su burbuja y él se extinguiría.

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Chicago

Subiste al autobús en la Plaza de Neptuno y Carlos nos presentó: pura cortesía. Llevabas los auriculares puestos y trasteabas con tu teléfono móvil en busca de una melodía, mientras nosotros hablábamos de marketing musical. En la pantalla te tu iPhone leí de refilón “Chicago”, de Sufjan Stevens. “Me encanta esa canción”, te dije. No sé si me escuchaste; sonreiste con educación y tus ojos se apartaron de mí. Busqué tu mirada un par de veces más mientras conversábamos. Pero no tuve éxito: cuando bajaste en Delicias me sentí vacío.

Dos días después, mientras inspeccionaba las estanterías de la biblioteca del barrio, te vi: te saludé torpemente y charlamos un rato. ¿Recuerdas? Qué comienzo. El verano que viajaste a Illinois pasaste por casa. Acababas de llegar de Valencia en autobús con una diminuta maleta roja y los bolsillos llenos de hachís. “¿Me lo guardas hasta la vuelta? Creo que en el aeropuerto me dará problemas” susurraste. Tenías la voz más ronca que de costumbre. “¿Estás bien?”, te pregunté. “Es la alergia”, me dijiste retirando con las puntas de los dedos anulares el agua contenida en tus ojos. Me sentí molesto. Tú y esa manera insoportablemente obvia de entregarte que llamabas amor. Te veía tan pequeña que todas las demás eran más bonitas.

Han pasado dos años y mi verdad ahora es la tuya de entonces. Sigo teniendo el hachis en la caja de cartón. Espero que algún día suene el teléfono. Y que seas tú. Y que vengas a casa. Aunque sólo sea, para recuperarlo.

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Astronomía razonable

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Expertos conocedores de la ciencia espacial difundían estos días las primeras imágenes del asteroide 2021 DA14, antes de su aproximación a la Tierra, el pasado 15 de febrero. La noticia me llevó a reflexionar sobre las distancias de seguridad a las que deben encontrarse de nosotros los cuerpos que transitan el universo. Decían que el tamaño de este asteroide es similar al de media cancha de fútbol, una envergadura notable desde la perspectiva de un terrícola, que resulta minúscula en el entorno cósmico. En términos astronómicos, rozó nuestro planeta: apenas 27.860 kilómetros le separaban de nosotros. Una vez más, lo remoto se torna insignificante en números galácticos. Y la distancia implica la ausencia de datos 100% fiables: “Lo cierto es que no sabemos tanto de lo que sucede al interior de los asteroides, dado que los que caen en la tierra son muy pequeños y cuando llegan están muy quemados”, afirma una voz experta.

Otro meteorito cayó inesperadamente en Rusia y es lógico pensar que alguna relación había de tener con el 2021 DA 14. “Quizá llega el fin del mundo, quizá no nos dijeron la verdad y se aproxima una tormenta universal”, me comenta Mari Trini mientras apura su última palmera de chocolate, antes de empezar la dieta Dunkan. No la hago caso. Una vez más, desde los medios de comunicación, las voces autorizadas intervienen negando una relación causa efecto. “Confía. Debemos confiar…”, me dice David por teléfono al sentirme asustada. En esta situación, sólo puedo encomendarme a los gobiernos mundiales y a sus expertos astronómicos: ellos crearán mecanismos que ante una posible colisión protejan nuestros latidos. No terminaremos como los dinosaurios. ¿Y cómo nos salvaremos? Destruyendo a aquellos cuerpos que se acerquen demasiado, cualquier asteroide puede ser una amenaza. Y entonces se me ocurre que quizá esos enemigos rocosos son los mismos que contemplamos cruzando el firmamento mientras arden, pensando que son “estrellas” fugaces capaces de transformar nuestros sueños en experiencias. Y es llegado este punto de mi reflexión, cuando me siento defraudada por la astronomía mística. A la búsqueda de respuestas, el ser humano convencional establece sinergias religiosas sin demasiado éxito. Así, después de eliminar conexiones entre golpes meteóricos mediante testimonios científicos, disfrutamos del espectáculo visual que el cielo nos proporciona. Olvidando lo aprendido, dotamos de significado trascendental a ciertos fenómenos astronómicamente razonables, simplemente por su lejanía; por su apariencia atrayente y su naturaleza inalcanzable. Y mientras rendimos culto a lo que no amamos, despojamos a los minutos atmosféricos y terrenales, verdaderamente maravillosos en esencia, de su vertiente mágica.

No podrán tocarte

Tengo una amiga que sufrió malos tratos de niña. Recuerda el terror con el que vivía en su hogar y dice haber borrado algunos de los pasajes de su infancia ante el estado de horror y pánico permanente en el que transcurría su vida. Sin embargo, hay un momento duro que permanece vivo en su memoria: el de la última agresión que sufrió. Aquel día había plantado cara a su padre, lo que le llevó a golpearla contra un espejo. Cuando estaba en el suelo sangrando, comenzó a reir al darse cuenta de que no tenía miedo: “En aquel momento ya no le temía; había decidido que no volvería a tocarme. Él no me importaba, aunque mis sentimientos estaban intactos. Porque sabía que no me golpeaba a mí. Por fin era libre”.

Ayer ese aspecto emocional que mi amiga señalaba al relatar su dura experiencia me vino a la cabeza ante un ajuste mágico y repentino que sentí en mi interior. Lo que me hería, de repente, no me importó y perdí el miedo. Después de un nuevo empujón, experimenté una caída libre hacia el vacío de la indeferencia. Ahora, todo ese dolor me parece estúpido y sobre todo, ajeno.  No siento temor ni odio. No orbito en el mismo sistema galáctico de otros cuerpos celestes y floto con serena inquietud.

Creo que en la vida, en determinadas situaciones, más o menos graves,  y con ciertas personas, llega un momento en el que, traspasado un umbral de dolor, lo que te hería no te afecta. Quizá porque asumes los ataques de los otros como parte de su necesidad de significarse. Entonces, no sientes sus golpes. Entiendes que no son contra ti. Nunca lo fueron.

Ya no rozarán tus emociones. No podrán tocarte.

Semiran