Mamá Solita

A mamá le pusieron el marcapasos cuando yo tenía dos años. Mi hermana Cristina me lo contó: no es que yo lo recuerde. Pero siempre crecí con el estigma de que pronto sería una de esas niñas huérfanas de madre. Mamá era una joven dulce y bonita. Le pusieron de nombre Soledad, sin el María delante. Y desde pequeña le llamaron Solita en vez de Sole. Creo que iba a la perfección con esa sigilosa manera de caminar que tenía. Qué mujer más discreta y fascinante; mi madre nunca era el centro de atención, en ningún sitio, pero bastaba estar un rato cerca de ella para quedarse atrapado en la cadencia de sus palabras.

Todos los veranos mis padres nos dejaban una semana en casa de la la tía Milagros y se iban solos de viaje. En cuanto dejaban la casa, la tía nos mandaba a lavarnos las manos. Aunque no fuese la hora de comer. Nunca lo entendí. Luego hablaba sola en la cocina: “Pobre Solita, no durará mucho. Con esos tres niños tan pequeños. Pobre hermano mío…”. Me enfadaba mucho aquella mujer y sus reflexiones orales. “¿Por qué dice eso la tía, Javi?”, le preguntaba yo a mi hermano. “Yo no he oido nada”, me decía él. Entonces le daba una patada fuerte y me iba corriendo. Mi hermano me perseguía hasta alcanzarme y tirarme del pelo, y al final la tía Milagros venía a separarnos.

Cuando me siento triste o me enojo, doy patadas. De niña a mis hermanos o a algún compañero de clase; ahora, a las cosas. De hecho me he roto el dedo gordo del pie izquierdo 3 veces. Pero no me importa demasiado: lo noto al cambiar el tiempo, nada más.

Al pensar en mamá y en su marcapasos, no me daban ganas de llorar, a pesar de los vaticinios de la tía Milagros. En realidad no recuerdo haber llorado más de una o dos veces en mi vida. Ni siquiera cuando Javi se mató en el accidente de moto. Yo pasé la noche al lado de papá acariciándole el cabello. No dejaba de temblar y gemir: “Seguro que tiene frío. No podemos dejarle solo”, decía. Ocho meses después no se levantó de la siesta. Yo creo que se le rompió el corazón. Sí; el cerebro se le deshizo de tanto sufrir y pensar. Cristina entonces estaba embarazada del primer niño: un embarazo atroz. Cuando la miraba no podía evitar preguntarme por qué alguien así pudo engendrar dos niños, mientras otras mujeres limpias lo intentan sin éxito durante años.

Cristina no fue fácil: era la del medio. El bocadillo. Vino al mundo con una tristeza endémica, como si arrastrase su condena de vida en vida, y quisiera abandonar el mundo. Yo estoy segura de que siempre lo deseó. La encontraron en un portal una madrugada de diciembre. Sé que no ocurrió allí; alguien la tiró desde su casa, pero no quise saber. ¿Para qué sirve la verdad en estos casos?  Cuando la policía habló conmigo sentí más miedo de decírselo a mamá que tristeza: con su frágil corazón podría matarla otra noticia así. Pero sobrevivimos. Incluso cuando el padre de mis sobrinos nos anunció que se trasladaban a Francia, nos mantuvimos en pie. Eran todo lo que nos quedaba de Cristina y Joel se los llevó. No le culpo. Quería empezar una nueva vida, pero a nosotras nos partió el corazón.

Siempre he querido estar cerca de mamá, y ella siempre quiso hacer que volara. “Mamá soy pingüino, gallina a los sumo”, le decía yo. “Primero se cree: luego se ve”, me decía. Jamás la invadió el desánimo: ese delicado corazón suyo a lo largo de los años resultó ser un equilibrista de élite.

Hoy estaba sonriente y preciosa. Joel vino con mi sobrino mayor al hospital: es todo un hombre. Y mira que es guapo. Él no quería venir, lo sé bien. Siempre me decía en sus cartas que yo era tan bonita como una de esas actrices antiguas. Verme así no es buena cosa. A mí él me recuerda a Javi. Qué bonitos ojos tenía mi hermano. No quiero que mamá venga más, pero ella quiere estar aquí conmigo. Ya le he dicho que Adela, mi mejor amiga, está día y noche conmigo. Y que no estaré sola cuando suceda, que quiero que sea aquí: y que no tengo miedo. Pero ella insiste. Se sienta a mi lado y me toma la mano con la mirada perdida.

No me aflige extinguirme, pero sí dejarla aquí. Porque es este puto mundo el que me aflige. Este puto mundo en el que ahora mamá se queda solita.