Expectativas

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“Yo ya no estoy para cumplir las expectativas de nadie; estoy contigo porque me gustas y digo lo que siento según lo siento”, me dijo Sara después de nuestra primera noche. Fue una confesión serena, entre amigas. Sí; digamos que en ese momento mi interlocutora actuaba como si no nos uniese ningún tipo de vínculo romántico. Y me parece bien esta confianza como base de nuestra relación, que conste. Es sólo que en realidad nuestro vínculo sí era y es romántico. O sexual. O muy íntimo…  O al menos es fruto de una afectividad más ardiente que la que une a los amigos y amigas. No sé exactamente de qué vínculo se trata, pero no es una mera amistad. 

“Las lesbianas sois tan intensas”, me dice mi amiga María cuando le transmito mis inquietudes a través del chat de Facebook. Me muerdo la lengua, porque a intensidad no hay quien le gane a ella, con esa colección de novios imposibles y relaciones tormentosas que parecen salidas de un culebrón colombiano (no lo digo de forma xenófoba: es que María baila salsa y encuentra hombres en esas discotecas específicas que ella frecuenta donde abundan los machos latinos). Pero bueno, una a estas alturas de la vida ya ha aprendido a callarse. Y es lo que también hago cuando se trata de Sara. Lo hago aún más. Me callo y otorgo. 

Me callo precisamente porque he decidido no tener expectativas de ningún tipo, he decidido responsabilizarme de todo lo que me ocurre. Al fin y al cabo, ella no tiene nada que ver con lo que estoy pasando. Esto de tomar las riendas de mi vida y hacerme cargo de mi delirante sufrimiento empezó mucho antes de que yo me percatase de la existencia de Sara, así que no quiero involucrarla en mi cruzada contra las esperanzas baldías.

Ayer nos vimos para cenar. La escena de la cocina se repite en mi memoria. Mientras bate los huevos, comparte conmigo sus problemas con la asociación de jugadoras de petanca. Dios mío; salgo con una jugadora de petanca. No sé qué tiene de malo para que tanto me moleste. ¡Qué digo! Tiene todo de malo (yo solía jugar a la petanca); es para abrirse las venas, pero mejor seguir por el sendero de la cordura y no dar vueltas al asunto. 

El hecho es que me comenta todo lo que la separa de sus compañeras de equipo mientras las patatas se van friendo en la sartén. Y mi impresión es que el problema versa en las expectativas que ella tiene y que sus amigas no cumplen; hablo de esa nostalgia de empatía del otro que nos deja tan solos a los sensibles. Cuando le intento hacer ver que es cosa de ella, que debe evitar que su ánimo dependa de terceros, que debe responsabilizarse de sus decisiones, de sus emociones… me ataca. Según escucho su voz y siento su decepción impregnada en esas palabras que me dedica con una dureza contundente, reflexiono. Sí, lo hago: yo soy muy hábil en estos menesteres. Suelo pensar mientras me atacan para evitar entrar en la frecuencia histérica o la frecuencia llorona, que son las que suelen activarse en mí ante estas situaciones. Así es como yo, la princesa guisante a la que todo le escuece, encajo los golpes con aparente “dignidad”. Aunque en realidad no sé qué significa esta puta palabra: dignidad. Yo aborrezco a la gente digna. 

Vuelvo a Sara y a nuestro desencuentro no-discusión (no hay discusión si uno no quiere). Es que últimamente todo va de ella. Está siempre en mi mente, en la parte visible o al fondo. En ocasiones flota y consigo ignorarla, pero ahí se ha instalado. Estoy de nuevo en ese momento en el que no para de repetirme lo mucho que le ha molestado mi comentario, y siento mío su sufrimiento, ése que la embarga cuando piensa en cómo actuaría ella en una situación determinada para terminar comprobando que los demás no se comportan de igual manera. Y yo creo que es eso lo que hace la gente que tiene expectativas; esas que ella asegura no cumplir para nadie. Yo permanezco sentada en silencio aguantando sus acusaciones, porque aunque jamás podría hablarle de esa manera, soy partícipe de su dolor: se ha sentido juzgada. No la he apoyado y la he dejado sola. Sí: precisamente lo que ella está haciendo ahora conmigo, claro que en su caso, dadas sus difíciles circunstancias, no puede llegar a este razonamiento. No es su culpa; es así y será así. Mejor aceptarlo. Pero mi exacerbado egoísmo me lleva a pensar que ella no está actuando como yo lo haría. Me cabreo conmigo porque en este momento estoy siendo presa del mismo mecanismo afectivo que marca su actitud y la aleja de mí, así que decido no pensar. Poco a poco ella baja el volumen y al rato me abraza arrepentida, aunque hace como si me estuviese perdonando. “Venga, estemos bien. No pasa nada”, me dice. Me doy cuenta de que necesita que la comprendan e intento hacerlo. Lo peor es que lo consigo.  Siempre.

Al día siguiente me levanto revuelta; después de desayunar, le doy un beso en la mejilla y me despido. Quiero refugiarme en mi casa. Soy consciente de su dolor pero estoy atorada por el mío. Casi no puedo respirar. Pero no es eso lo que me causa el vacío enorme que ahora predomina en mí. No. La causa de mis males es la sensación de ser una desconocida para ella: parece que ha dejado de interesarse en saber quién soy para buscarse a sí misma en mi mirada con el fin de evitar daños colaterales. Cree que lo hace por mí, pero no es así. No se da cuenta, pero yo lo noto. Lo sé. Conozco esa trampa afectiva que el ego tiende a quiénes se creen amados antes de tiempo, o sin merecerlo. Como si el amor fuera cosa de plazos o de recompensas, o pudiera cobrar sentido fuera del universo de quien lo experimenta. Estoy asustada, pero en esta ocasión lo estoy gestionando de otra forma. Trato de no analizar lo que siente: prefiero centrarme en comprender qué siento yo. No debería importarme lo mucho o poco que me da; al no tener expectativas, no debería pararme a pensar en lo que ella pueda sentir. Ciertamente, carece de sentido hacerlo porque son esas malditas expectativas las que me hacen creer que necesito algo de esa mujer o de cualquier otro ser humano, cuando yo lo tengo todo. Soy tan rica, que me gustaría volcar todo mi patrimonio en alguna cocina destartalada, junto a un montón de botellas de vino y cerveza vacías, para así calmar la sed de manadas de animales de after.

Ruedan unas lágrimas sobre mis mejillas, me llama mi prima Susana y tras unas horas de emociones flotantes, reanudo mi vida en clave de fa. Al fin y al cabo, siempre he sido la mano izquierda sobre el piano cuando se trata de tocar en compañía. Me digo que estoy acostumbrada y que me siento bien así. Destrozada sin motivos, amenazo en secreto al mundo con dejar de sonar, aunque seguramente nadie se dé cuenta. Bueno, habrá quién lo note. Lo sé. Sé de hecho que de hacerlo habrá heridos, pero en realidad, no me importa demasiado. No estoy en este jodido mundo de mierda para satisfacer las expectativas de otros. Es mi última palabra. Me siento liberada.

El día avanza. Estoy centrada en sacar adelante unas tareas que debo terminar, porque Sara viene a cocinarme ceviche esta noche y no tengo cilantro en casa. Yo detesto el cilantro, pero Sara insiste en que el ceviche sin cilantro no es ceviche. Así que claudico y me comprometo a comprarlo y a comérmelo a puñados si hace falta. Ella se ríe a carcajadas al oírme tan entregada a sus deseos. Sin embargo lo que ignora es que no lo hago por cumplir sus expectativas: es sólo que pocas cosas en el mundo me gustan tanto como el brillo de sus enormes ojos cada vez que consigue que me dé por vencida. 

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