Pide un deseo

FullSizeRender

Estaba fabricada en un material similar a la goma. Supongo que la diseñaron para el público infantil y que la pieza en sí formaba parte de una serie de miles de ejemplares destinados a habitar las estanterías de las tiendas más precarias de mi ciudad. Sin embargo, no era casualidad que mis ojos se hubieran depositado en ella aquella mañana. Sentí que en realidad se trataba de un ser mágico infiltrado entre los materiales de una fábrica china de juguetes occidentales. Su destino era llegar a mí y hacer todos mis deseos realidad, si yo era capaz de reconocerla entre todas las demás figuras inertes de idéntica apariencia.

Pagué el rescate. La traje a casa y la coloqué sobre el jade verde que la tía Rosa me había regalado el día anterior para que todo ocurriera. Pero ella no pestañeó.

Pensé que quizá mi inquisitiva mirada ejerciese una mala influencia, así que cerré los ojos, vacié mi mente y contuve mi respiración esperando escuchar en algún momento sus diminutos pies taconeando sobre el jade. ¡Y así mismo sucedió! Al son de sus pasos, dibujé con mi mente sus gestos, su delicada danza y su amplia sonrisa… Escuché cómo canturreaba dichosa celebrando su nueva vida. Tras aquellos primeros instantes de éxtasis, alzó la voz y apuntando a mi entrecejo con la varita, me dijo: “Pide un deseo, querida: sea lo que sea, te será concedido en señal de gratitud”.

Mi corazón se aceleró; no podía ni siquiera tragar saliva. Estaba tan nerviosa que no logré articular palabra ni componer pensamiento alguno para comunicarle mi petición. Mi mente, limpia y clara, había sido desprovista como por arte de magia de la capacidad de formular deseos. Embargada por una mezcla de emoción, urgencia y necesidad, dirigí una rápida mirada al jade con la esperanza de encontrar a ese pequeño ser en su versión animada correteando divertida. Pero antes de que mis pupilas se detuvieran sobre ella, volvió a adoptar su pose inmóvil. La ansiedad me apresó y sentí una tormenta de gotas de sudor frío deslizarse por mis sienes, aunque, decidida e intrépida como soy por naturaleza, me resistí a que el pánico me paralizase. Inspiré lentamente y tras unos segundos, repetí el ritual que tan buen resultado me había dado anteriormente. No funcionó esta vez. Ni las 3.000 siguientes; tampoco.

Desde entonces, vivo una vida miserable, fruto de la consternación por haber perdido la gran oportunidad de ser feliz, y el profundo sentimiento de culpa al condenar a un ser mágico y poderoso a una vida inerte. Todos los días, al levantarme, le pido perdón. Espero que el jade mantenga intactas al menos sus místicas cualidades.

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s