Las lágrimas del chico burbuja

Al principio la voz de Laura era ligeramente temblorosa; su intensa emoción cada vez que lo veía delataba una entrega valiente y admirable, que a él le hacía sentir bonito. Ahora sus labios ya no tienen prisa. Él desnuda cada uno de sus gestos, rumbo a lo profundo. Se ahoga, pero avanza en la inmersión: quiere llegar hasta el fondo. Así es el chico burbuja.

Los viernes acuden a la taberna encantada, donde guitarristas y pianistas de jazz improvisan sesiones. Hoy hay un muchacho que toca el saxofón. Lo invitó Manuela. A Laura le brillan los ojos como el día de la cena en casa de Elena; cuando se conocieron. Ella, que estaba demasiado cansada para salir hoy, ya no tiene ganas de acostarse. La noche avanza y él no puede respirar. “Quédate” le dice, “No, no. Si ya te dije que estoy cansada”, contesta Laura. Al salir de la taberna, saludan al muchacho del saxofón. “Espera. Voy a liarme un cigarrillo”, dice ella, apoyándose en un coche. El chico burbuja siente una punzada que desgarra su garganta.

Ya en casa, ella apaga la luz de la habitación nada más entrar. Se desviste con prisa y al meterse entre las sábanas, le da un beso corto.

Amanece el sábado: el chico burbuja abandona la casa sin despertar a Laura. No la ha besado. Está roto por dentro: miles de cristales se clavan en cada milímetro de su maltrecho aparato afectivo. En su lugar, que no en sus zapatos, podría estar cualquier otro que aquel día en casa de Elena hubiera demostrado dotes culinarias captando el interés de las invitadas. Esa verdad golpea sus sienes una y otra vez. No ha dejado de llorar en todo el día, ni siquiera en el restaurante. Las camareras pudorosas simulan no apreciar su tristeza. Pero él no siente vergüenza.

Las lágrimas del chico burbuja no se deslizan por su bello rostro alargado: caen desde sus ojos al suelo, al fregadero, algunas se deslizan delicadamente sobre los platos sucios. Y son perfectamente redondas.  Los otros no entienden esa forma tan especial que tiene de sufrir; ese extraño llanto de niño anciano. Tampoco hace falta para que sepan como proceder; evitan su mirada. No preguntan. No se acercan a él. No tratan de ahuyentar su tristeza. De lo contrario, romperían su burbuja y él se extinguiría.

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