Clases de conducción

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Siempre me dio miedo ponerme al volante de cualquier vehículo. Ya de pequeño en los coches de choque iba de copiloto. No podía asumir la responsabilidad de dirigir nada: uno se expone demasiado. Y además está el riesgo de que otros te responsabilicen de tus actos, y de las consecuencias que estos actos han tenido sobre ellos. No obstante, en mi vida adulta, me saqué el carnet de conducir. Era necesario para desempeñar mi trabajo y tener mayor independencia.

Fue una larga tortura china, un suplicio sin precedentes. Me examiné nueve veces: recuerdo que mi profesor estaba desesperado porque el director de la escuela amenazaba con despedirle si no conseguía que yo aprobase. La presión me ponía los nervios de punta y cada vez mi equilibrio al volante era más delicado. Fue al coincidir por segunda vez con un examinador anciano, que me había suspendido 5 convocatorias atrás, cuando Leonardo, el mencionado profesor, consiguió que el hombre se apiadase de mí y me aprobase. En realidad creo que se apiadó de él: Leonardo tenía 5 hijos y no podía perder el empleo.

Después de 20 años al volante, sigo sin conducir bien. Para mí lo más difícil no es maniobrar: aparco sin dificultad por justo que sea el hueco disponible y me desenvuelvo en las más retorcidas callejuelas con soltura. Lo realmente complicado, es manejarme cuando la autopista, la carretera o cualquier avenida de una ciudad corriente es transitada por una gran masa de conductores anónimos y me toca rodar monótonamente sin perder la atención para mantener la distancia de seguridad. 

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Y es esto de la distancia lo que me exaspera: no soy capaz de calcular cuál es el espacio necesario para reaccionar ante cualquier contratiempo. Paso de rodar de forma autónoma y acelerada a pegarme a quien tengo delante, o a aminorar para que el de detrás se pegue a mí (aunque esto último nunca funciona). No puedo evitar desear acercarme más y más. Sufro mucho por ello, pero la fuerza de la atracción me empuja a tener ese tipo de conductas invasoras y destructivas. Así que los riesgos están asegurados, y los accidentes son cíclicos. A lo largo de los años he estado 9 veces en el hospital por las funestas consecuencias de mi clase de conducción. Todos los accidentes han acaecido en la ciudad, por lo que los daños colaterales han sido asumibles y aquí me hallo: sano y salvo, a los 42 años.

Obsesionado superar mi insólita dificultad para la conducción cotidiana, decidí matricularme en una academia de conducir: pensé que al menos podrían ayudarme a entender por qué diablos me cuesta tanto convivir con el resto de conductores. Porque los conductores de ciudad con esa clase de conducción comedida, mediocre y toca pelotas, son el infierno: no los motores, ni las ruedas, ni ninguna carretera secundaria. 

Mi profesora se llama Samanta, es italiana, con fuerte carácter, alta sensibilidad y poca paciencia. Cuando la vi por primera vez, me dio un vuelco el corazón. Conectamos al instante: dos mentes lúcidas en un planeta de imbéciles siempre lo hacen en un primer momento. Y siempre acaban chocando algunos momentos después si una de ellas no se pone en segundo plano. Me dije: “Dios mío, esto va a doler. Es inevitable que los frenazos que nos quedan por vivir acaben magullando nuestros cuerpos”. 

En las últimas semanas hemos intimado y nos vemos fuera de la academia para circular juntos. Su perspicacia me asusta y me exaspera por igual. Analiza cada uno de mis movimientos de forma exhaustiva y certera en la mayoría de las ocasiones, aunque también se equivoca aferrándose a sus errores de tanto en tanto, lo que me frustra. Y es que con ella, no hay margen para la negociación. Además, en ciertos menesteres, yo me manejo bastante mejor, ¿por qué no puede reconocerlo? Pero su rapidez para analizar comportamientos y patrones, calcular los espacios a dejar entre unos y otros, y sobre todo, desestructurarme con precisión y sin darme opción a réplica, me obnubilan. Matiza hasta más allá del límite de mi paciencia. A veces creo que me estoy volviendo loco. Que no voy a soportarlo. 

Cuando Samanta se altera, yo me bloqueo: ante sus críticas furibundas, me quedo sin respuestas. Parezco un idiota. Pero no sé bien cómo afrontarlo más que entrenando mi paciencia y resistencia al dolor. Encajando cada embiste con dignidad al menos extraeré las conclusiones oportunas para que estas clases de conducción hayan merecido la pena.

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Expectativas

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“Yo ya no estoy para cumplir las expectativas de nadie; estoy contigo porque me gustas y digo lo que siento según lo siento”, me dijo Sara después de nuestra primera noche. Fue una confesión serena, entre amigas. Sí; digamos que en ese momento mi interlocutora actuaba como si no nos uniese ningún tipo de vínculo romántico. Y me parece bien esta confianza como base de nuestra relación, que conste. Es sólo que en realidad nuestro vínculo sí era y es romántico. O sexual. O muy íntimo…  O al menos es fruto de una afectividad más ardiente que la que une a los amigos y amigas. No sé exactamente de qué vínculo se trata, pero no es una mera amistad. 

“Las lesbianas sois tan intensas”, me dice mi amiga María cuando le transmito mis inquietudes a través del chat de Facebook. Me muerdo la lengua, porque a intensidad no hay quien le gane a ella, con esa colección de novios imposibles y relaciones tormentosas que parecen salidas de un culebrón colombiano (no lo digo de forma xenófoba: es que María baila salsa y encuentra hombres en esas discotecas específicas que ella frecuenta donde abundan los machos latinos). Pero bueno, una a estas alturas de la vida ya ha aprendido a callarse. Y es lo que también hago cuando se trata de Sara. Lo hago aún más. Me callo y otorgo. 

Me callo precisamente porque he decidido no tener expectativas de ningún tipo, he decidido responsabilizarme de todo lo que me ocurre. Al fin y al cabo, ella no tiene nada que ver con lo que estoy pasando. Esto de tomar las riendas de mi vida y hacerme cargo de mi delirante sufrimiento empezó mucho antes de que yo me percatase de la existencia de Sara, así que no quiero involucrarla en mi cruzada contra las esperanzas baldías.

Ayer nos vimos para cenar. La escena de la cocina se repite en mi memoria. Mientras bate los huevos, comparte conmigo sus problemas con la asociación de jugadoras de petanca. Dios mío; salgo con una jugadora de petanca. No sé qué tiene de malo para que tanto me moleste. ¡Qué digo! Tiene todo de malo (yo solía jugar a la petanca); es para abrirse las venas, pero mejor seguir por el sendero de la cordura y no dar vueltas al asunto. 

El hecho es que me comenta todo lo que la separa de sus compañeras de equipo mientras las patatas se van friendo en la sartén. Y mi impresión es que el problema versa en las expectativas que ella tiene y que sus amigas no cumplen; hablo de esa nostalgia de empatía del otro que nos deja tan solos a los sensibles. Cuando le intento hacer ver que es cosa de ella, que debe evitar que su ánimo dependa de terceros, que debe responsabilizarse de sus decisiones, de sus emociones… me ataca. Según escucho su voz y siento su decepción impregnada en esas palabras que me dedica con una dureza contundente, reflexiono. Sí, lo hago: yo soy muy hábil en estos menesteres. Suelo pensar mientras me atacan para evitar entrar en la frecuencia histérica o la frecuencia llorona, que son las que suelen activarse en mí ante estas situaciones. Así es como yo, la princesa guisante a la que todo le escuece, encajo los golpes con aparente “dignidad”. Aunque en realidad no sé qué significa esta puta palabra: dignidad. Yo aborrezco a la gente digna. 

Vuelvo a Sara y a nuestro desencuentro no-discusión (no hay discusión si uno no quiere). Es que últimamente todo va de ella. Está siempre en mi mente, en la parte visible o al fondo. En ocasiones flota y consigo ignorarla, pero ahí se ha instalado. Estoy de nuevo en ese momento en el que no para de repetirme lo mucho que le ha molestado mi comentario, y siento mío su sufrimiento, ése que la embarga cuando piensa en cómo actuaría ella en una situación determinada para terminar comprobando que los demás no se comportan de igual manera. Y yo creo que es eso lo que hace la gente que tiene expectativas; esas que ella asegura no cumplir para nadie. Yo permanezco sentada en silencio aguantando sus acusaciones, porque aunque jamás podría hablarle de esa manera, soy partícipe de su dolor: se ha sentido juzgada. No la he apoyado y la he dejado sola. Sí: precisamente lo que ella está haciendo ahora conmigo, claro que en su caso, dadas sus difíciles circunstancias, no puede llegar a este razonamiento. No es su culpa; es así y será así. Mejor aceptarlo. Pero mi exacerbado egoísmo me lleva a pensar que ella no está actuando como yo lo haría. Me cabreo conmigo porque en este momento estoy siendo presa del mismo mecanismo afectivo que marca su actitud y la aleja de mí, así que decido no pensar. Poco a poco ella baja el volumen y al rato me abraza arrepentida, aunque hace como si me estuviese perdonando. “Venga, estemos bien. No pasa nada”, me dice. Me doy cuenta de que necesita que la comprendan e intento hacerlo. Lo peor es que lo consigo.  Siempre.

Al día siguiente me levanto revuelta; después de desayunar, le doy un beso en la mejilla y me despido. Quiero refugiarme en mi casa. Soy consciente de su dolor pero estoy atorada por el mío. Casi no puedo respirar. Pero no es eso lo que me causa el vacío enorme que ahora predomina en mí. No. La causa de mis males es la sensación de ser una desconocida para ella: parece que ha dejado de interesarse en saber quién soy para buscarse a sí misma en mi mirada con el fin de evitar daños colaterales. Cree que lo hace por mí, pero no es así. No se da cuenta, pero yo lo noto. Lo sé. Conozco esa trampa afectiva que el ego tiende a quiénes se creen amados antes de tiempo, o sin merecerlo. Como si el amor fuera cosa de plazos o de recompensas, o pudiera cobrar sentido fuera del universo de quien lo experimenta. Estoy asustada, pero en esta ocasión lo estoy gestionando de otra forma. Trato de no analizar lo que siente: prefiero centrarme en comprender qué siento yo. No debería importarme lo mucho o poco que me da; al no tener expectativas, no debería pararme a pensar en lo que ella pueda sentir. Ciertamente, carece de sentido hacerlo porque son esas malditas expectativas las que me hacen creer que necesito algo de esa mujer o de cualquier otro ser humano, cuando yo lo tengo todo. Soy tan rica, que me gustaría volcar todo mi patrimonio en alguna cocina destartalada, junto a un montón de botellas de vino y cerveza vacías, para así calmar la sed de manadas de animales de after.

Ruedan unas lágrimas sobre mis mejillas, me llama mi prima Susana y tras unas horas de emociones flotantes, reanudo mi vida en clave de fa. Al fin y al cabo, siempre he sido la mano izquierda sobre el piano cuando se trata de tocar en compañía. Me digo que estoy acostumbrada y que me siento bien así. Destrozada sin motivos, amenazo en secreto al mundo con dejar de sonar, aunque seguramente nadie se dé cuenta. Bueno, habrá quién lo note. Lo sé. Sé de hecho que de hacerlo habrá heridos, pero en realidad, no me importa demasiado. No estoy en este jodido mundo de mierda para satisfacer las expectativas de otros. Es mi última palabra. Me siento liberada.

El día avanza. Estoy centrada en sacar adelante unas tareas que debo terminar, porque Sara viene a cocinarme ceviche esta noche y no tengo cilantro en casa. Yo detesto el cilantro, pero Sara insiste en que el ceviche sin cilantro no es ceviche. Así que claudico y me comprometo a comprarlo y a comérmelo a puñados si hace falta. Ella se ríe a carcajadas al oírme tan entregada a sus deseos. Sin embargo lo que ignora es que no lo hago por cumplir sus expectativas: es sólo que pocas cosas en el mundo me gustan tanto como el brillo de sus enormes ojos cada vez que consigue que me dé por vencida. 

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Pide un deseo

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Estaba fabricada en un material similar a la goma. Supongo que la diseñaron para el público infantil y que la pieza en sí formaba parte de una serie de miles de ejemplares destinados a habitar las estanterías de las tiendas más precarias de mi ciudad. Sin embargo, no era casualidad que mis ojos se hubieran depositado en ella aquella mañana. Sentí que en realidad se trataba de un ser mágico infiltrado entre los materiales de una fábrica china de juguetes occidentales. Su destino era llegar a mí y hacer todos mis deseos realidad, si yo era capaz de reconocerla entre todas las demás figuras inertes de idéntica apariencia.

Pagué el rescate. La traje a casa y la coloqué sobre el jade verde que la tía Rosa me había regalado el día anterior para que todo ocurriera. Pero ella no pestañeó.

Pensé que quizá mi inquisitiva mirada ejerciese una mala influencia, así que cerré los ojos, vacié mi mente y contuve mi respiración esperando escuchar en algún momento sus diminutos pies taconeando sobre el jade. ¡Y así mismo sucedió! Al son de sus pasos, dibujé con mi mente sus gestos, su delicada danza y su amplia sonrisa… Escuché cómo canturreaba dichosa celebrando su nueva vida. Tras aquellos primeros instantes de éxtasis, alzó la voz y apuntando a mi entrecejo con la varita, me dijo: “Pide un deseo, querida: sea lo que sea, te será concedido en señal de gratitud”.

Mi corazón se aceleró; no podía ni siquiera tragar saliva. Estaba tan nerviosa que no logré articular palabra ni componer pensamiento alguno para comunicarle mi petición. Mi mente, limpia y clara, había sido desprovista como por arte de magia de la capacidad de formular deseos. Embargada por una mezcla de emoción, urgencia y necesidad, dirigí una rápida mirada al jade con la esperanza de encontrar a ese pequeño ser en su versión animada correteando divertida. Pero antes de que mis pupilas se detuvieran sobre ella, volvió a adoptar su pose inmóvil. La ansiedad me apresó y sentí una tormenta de gotas de sudor frío deslizarse por mis sienes, aunque, decidida e intrépida como soy por naturaleza, me resistí a que el pánico me paralizase. Inspiré lentamente y tras unos segundos, repetí el ritual que tan buen resultado me había dado anteriormente. No funcionó esta vez. Ni las 3.000 siguientes; tampoco.

Desde entonces, vivo una vida miserable, fruto de la consternación por haber perdido la gran oportunidad de ser feliz, y el profundo sentimiento de culpa al condenar a un ser mágico y poderoso a una vida inerte. Todos los días, al levantarme, le pido perdón. Espero que el jade mantenga intactas al menos sus místicas cualidades.

 

 

 

La canción de Isla Manono

Soy un hábil navegador: por mi precoz perspicacia mi padre, pescador por legado paterno, me apodó el samoano. Cumplidos los 20 años, me lancé a los océanos para llegar hasta Samoa. Bueno, en realidad volé de Barcelona a Nueva Zelanda, y tomé un barco que me trajo hasta aquí.

En Samoa hay una isla que se llama Isla Manono. En ella edifiqué una casa con mis manos blancas. Durante aquellas semanas de duro trabajo, no corté mis uñas. Las pintaba cada día con esmalte azul mientras escribía canciones para mi princesa. O quizá era la misma canción que versionaba una y otra vez al repasar mi descuidada manicura:

 “Tendrá flores en el pelo largo y caminará desnuda,
dejando una estela de pétalos tras de sí sobre las olas.
El aroma de su aliento mezclado con el humo perfumado
que exhalaré cada mañana se impregnará en mi alcoba”. 

Tuve paciencia y tras 77 mareas, ella llegó; sucedió tal y como yo esperaba. Atardecía y me sentí el hombre mas feliz del mundo. Pero para mi infortunio, tras una noche memorable, amaneció transformada, desprovista de flores y con esa mirada de quienes habitan las cocinas. Tuve que pedirle que abandonase la casa. A su paso entre las olas, que rompía en su ávida carrera hacia el horizonte, no quedaba pétalo alguno: tan sólo dibujaba una estela de espuma.

Al anochecer regresó; lo hizo reconvertida en la primera mujer, aquella que me había enamorado en el ocaso del día anterior. Pensé entonces que desterrarla así de mi palacete había sido el gran error de mi vida. Sin embargo al amanecer descubrí con vacío e ira que yacía a mi lado honestamente desnuda. Al percibir mi profundo desprecio, huyó rompiendo las olas y dibujando de nuevo aquella delirante estela de espuma con sus torpes pies.

Y así, sucesivamente, mi amada aparecía y se esfumaba entre mis caricias nocturnas para desfigurarse y perder todos sus encantos al amanecer. Ya no tenía que echarla: al contemplarse, transfigurada, y percibir mi desprecio, ella misma corría avergonzada, destrozando el oleaje. Pasaron 62 meses. Con sus días, ocasos y amaneceres. Hasta que en el día 1.785 ella no apareció. 

Me sentí tranquilo. Fue al despertar, cuando me invadió la más honda tristeza. Ella no volvió. Ni siquiera las olas lo hicieron. Ni las flores. Pero el océano sigue en su lugar. Yo también sigo aquí, en Isla Manono, recitando mi canción.

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A cuatro manos

Tocábamos el cajón. Yo te seguía. Tú le seguías. Él marcaba el ritmo.
Yo sonreía. Tú también sonreías. Él tenía los ojos cerrados (no recuerdo el color) y nos hablaba bajito (no recuerdo su voz).

Guardo el cajón en casa de mi madre: sé que prometí quemarlo, pero no lo hice. Siempre que lo miro pienso en vosotros.
En vuestras manos al compás. En el aroma de tu cuello. Y en aquella maldita tarde de agosto.Captura de pantalla 2015-07-16 a las 00.51.03

¿Y…?

¿Qué hago yo ahora con cada uno de los latidos que reinventé por ti?

¿Qué hago yo ahora con el sonido que aún no te he dedicado?

¿Qué hago yo ahora con el silencio que compuse en tu honor?

¿Qué hago yo ahora con los atardeceres que alquilé para tu boca?

¿Qué hago yo ahora con las horas que hice tuyas?

¿Y qué hago yo ahora con todo este amor?

¿Qué hago yo?

¿Qué hago?

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Las lágrimas del chico burbuja

Al principio la voz de Laura era ligeramente temblorosa; su intensa emoción cada vez que lo veía delataba una entrega valiente y admirable, que a él le hacía sentir bonito. Ahora sus labios ya no tienen prisa. Él desnuda cada uno de sus gestos, rumbo a lo profundo. Se ahoga, pero avanza en la inmersión: quiere llegar hasta el fondo. Así es el chico burbuja.

Los viernes acuden a la taberna encantada, donde guitarristas y pianistas de jazz improvisan sesiones. Hoy hay un muchacho que toca el saxofón. Lo invitó Manuela. A Laura le brillan los ojos como el día de la cena en casa de Elena; cuando se conocieron. Ella, que estaba demasiado cansada para salir hoy, ya no tiene ganas de acostarse. La noche avanza y él no puede respirar. “Quédate” le dice, “No, no. Si ya te dije que estoy cansada”, contesta Laura. Al salir de la taberna, saludan al muchacho del saxofón. “Espera. Voy a liarme un cigarrillo”, dice ella, apoyándose en un coche. El chico burbuja siente una punzada que desgarra su garganta.

Ya en casa, ella apaga la luz de la habitación nada más entrar. Se desviste con prisa y al meterse entre las sábanas, le da un beso corto.

Amanece el sábado: el chico burbuja abandona la casa sin despertar a Laura. No la ha besado. Está roto por dentro: miles de cristales se clavan en cada milímetro de su maltrecho aparato afectivo. En su lugar, que no en sus zapatos, podría estar cualquier otro que aquel día en casa de Elena hubiera demostrado dotes culinarias captando el interés de las invitadas. Esa verdad golpea sus sienes una y otra vez. No ha dejado de llorar en todo el día, ni siquiera en el restaurante. Las camareras pudorosas simulan no apreciar su tristeza. Pero él no siente vergüenza.

Las lágrimas del chico burbuja no se deslizan por su bello rostro alargado: caen desde sus ojos al suelo, al fregadero, algunas se deslizan delicadamente sobre los platos sucios. Y son perfectamente redondas.  Los otros no entienden esa forma tan especial que tiene de sufrir; ese extraño llanto de niño anciano. Tampoco hace falta para que sepan como proceder; evitan su mirada. No preguntan. No se acercan a él. No tratan de ahuyentar su tristeza. De lo contrario, romperían su burbuja y él se extinguiría.

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